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sábado, 27 de junio de 2015

EL SANO IMAGINARIO

A la memoria de Enrique Méndez Calzada

Sobre los finales del siglo XXV, S.I. seguía planteándose cuestiones bien rancias. Frente a un gran micrófono interior comentaba así: "Todo debe tener una causa. Como yo soy causalista, yo debo tener una causa. Puesto que si todo lo que vemos en el mundo tiene una causa, el mundo entero tiene también una causa, cosa que precisamente hay que demostrar. Y como hasta lo presente ninguno lo ha demostrado yo, S.I., voy a demostrarlo objetivamente. ¿Todo hombre nace para morir? Eso es apriorismo puro; luego hay que verificarlo."
S.I. tenía enorme inventiva para resolver absurdos. Sometido, metódicamente, a una serie de costosos estudios biológicos probabilísticos, como resultado obtuvo un número que lo dejó estupefacto: ¡"Mi riesgo catástrofe es 500? Eso significaba que las Parcas podían guillotinarlo en cualquier hora. Le explicaron doctos namotecnólogos que si lograba bajar el riesgo catástrofe a 0,5 sus probabilidades de vida viraban bruscamente hacia la perpetuidad. Esto hablando desde el punto de vista teórico, puesto que desde la praxis u otras orientaciones menores -digamos metafísicas, fantásticas...- ese molesto 0,5 de imprevisibilidad podía ahogarse dentro del cero. Pero en tal caso ya no dependía exclusivamente de la ciencia sino del mismo S.I.
Entonces, como primera parte para desbaratar los lacerantes apriorismos, se propuso la renovación orgánica total, cosa que en el siglo XXV era fácilmente hacedera.
1)            Le implantaron una bomba cardíaca de material radiactivo; válvulas de platino iridio; porque el corazón es lo primero.
2)            Implantes de riñones, hígado y pulmones.
3)            Implante de testículos y pene
4)            Implantes de vértebras desgastadas y fragmentos de médula ósea.
5)            Implantes de páncreas mecánico y segmentos de intestinos atascables y nervios desmielinizados.
6)            Se quitó cataratas, próstata y grasa.
7)            Mejoró su aspecto fisonómico mediante implantes dentales y no menos de una docena de cirugías estéticas por agregado de tejidos de oro y platino y celuloterapia "ad hoc".
Al vérselo tan rozagante y vital pasaba inadvertida su exacta edad cronológica. Solía distinguir: "En la edad documentada puedo llegar a ser don decrépito, pero biológica-mente soy otro Dorian Gray. Soy 'presque' una maquinaria sin desgaste."
Hasta aquí el anticausalismo de S.I. parecía inobjetable. El intríngulis quedó suscitado ante la Muerte.
De sus profundos razonamientos S.I. llegó a esta conclusión: que trasplantes contra la Muerte no había; más, sería un absurdo. Sin embargo sabía a través de textos artísticos venerables que la Muerte concede acuerdos. Se dijo: "Un acuerdo entre la Muerte y yo es algo viable. Poseo voluntad, inteligencia y medios para hacerlo."
Viajó hasta la región del río Aqueronte, tal cual lo describe Dante en el canto III del Infierno. Y allí, efectivamente, es-taba la Muerte, que nada quería saber de progresos tecnológicos. Seguía transportando a los condenados dentro de lanchas sucias e incómodas. Le concedió la entrevista a S.I. Aun-que cueste creerlo la Muerte es muy razonable cuando se acepta aquello que pide. Entre la Muerte y S.I. hubo acuerdo o pacto. Nada quedó escrito, porque la Muerte -como todo lo antiguo- decide únicamente por palabra y sangre. La Muerte respetaría a S.I.
Es razonable suponer que S.I. viviría dentro de la mesura, de las buenas costumbres, sin exponerse a riesgos inútiles, ni a derroches donjuanescos o ruinosos, ni entre amores fatales. La Muerte que es muy lacónica y ambigua le pidió: "Tu forma me pertenecerá".
Aquí es oportuno mencionar algo ocurrido a principios del siglo XXVI, cuando S.I. ya gozaba plenamente de sus corazas anatómicas y fisiológicas. Retrocedamos.
Ya lo había anunciado Enrique Méndez Calzada escritor del siglo XX. Su profecía calificada como obra de imaginación científica se incluyó en "Ficciones argentinas 1900-1930". Méndez Calzada anunció "La sublevación de las máquinas" "Hubo un día de la gran sublevación de las máquinas en que una clamorosa asamblea de fonógrafos y aparatos de radiotelefonía reunida en la ciudad de Filadelfia proclamó los Derechos de la Máquina y decidió declarar la huelga general hasta tanto fuesen acatadas por el hombre las condiciones que se fijaban en aquel documento; todas las máquinas del mundo se negaron a continuar prestando los servicios a que estaban destinadas, y si se pretendía compelerlas o violarlas, ejecutaban al revés (o no las ejecutarían) las órdenes recibidas." El autor citado destacaba casos particulares, entre humorísticos y trágicos, ante la declaración de las sublevadas máquinas, mientras se llegaba a una conciliación (ignoro si amable u obligatoria) se nombró mediador tanto por los hombres como por las máquinas "al Sumo Hacedor, el Omnipotente Jehová (dice el autor) a quien todo aquello traía contristado y cogitabundo".
Volvamos al siglo XXVI.
S.I. no estaba en Filadelfia, sino en Buenos Aires. La sublevación se diseminó como eco violento e instantáneo por urbi et orbi. Y se introdujo en la intimidad de S.I. Oía y veía por "televisión internizada" las protestas desde Filadelfia, protagonizadas por las máquinas. Mandó cerrar todas las aberturas de su mansión inteligente para protegerse de probables intrusiones.
Es verdad que la residencia de S.I. poseía todo cuanto el artificio o la cobardía humana había logrado para su protección. Pero S.I. sintió pánico. Cosquilleo en la boca del estómago mecánico que se le instaló en el medio del pecho. Dolor que le tironeaba como queriéndolo abrazar con brazos de púas (arcaísmo desde luego). En la espalda, a la altura de los pulmones y en la cintura algo reventaba sordamente.
Creyó que de la cara le brotaban alambres vibradores... El espanto lo recibió a las carcajadas. Su lógica anticausalística se le derramaba por los oídos. Creyó que detrás de vidrios invulnerables no se perdería ninguna pieza de su interno ajedrez metalúrgico.
Podemos opinar que todos sus mecanismos interiores se habían soliviantado. En minutos, la estructura orgánica se derrumbó. Padeció la sublevación de las máquinas, anticipada por E.M.C. en el siglo XX
Lo encontraron en el piso de la cabina invulnerable como si fuera un bicho atrapado.
A punto de ser incluido en la "basura", alguien observó que el insecto emitía fulgores amarillentos. Llamó la atención, y estudiado por naturalistas del siglo XXVI, se difundió la siguiente descripción:
"Se trata de un fulgórido, hemíptero (dos alas), cuya cabeza muestra prolongaciones que llegan a emitir ondas hertzianas. Suponemos que es inteligente, pues su genoma casi no difiere del humano. De cuerpo rechoncho y fuerte, las grandes alas anteriores pueden colorearse llamativamente de amarillo a voluntad del fulgórido. Son capaces de vivir indefinidamente. Podemos remitirlo al museo entomológico como prueba de la metamorfosis colisionante."

¿Puede admitirse, causalísticamente hablando, que la Muerte cumplió el pacto, respetó a S.I.?

sábado, 13 de junio de 2015

ASÍ HABLABA FEDERICO ZARATUSTRA



                        Cuando Federico Zaratustra tenía treinta años se alejó de su lugar nativo y recaló en la capital.
            Se ofreció para cualquier cosa. Lo destinaron a limpiar los baños. Por su agilidad felina, en minutos terminaba el trabajo. Le agregaron los mandados y que sirviera café. Sin equivocarse, concluía todo en un santiamén.
            No tenía dónde vivir y por eso quedó a cargo de la vigilancia nocturna. A la mañana, cuando llegábamos, no le advertíamos signos de haber pasado 24 horas despierto. “Trabajo y me recupero.” 
            Apenas dos meses: la limpieza, el café, los mandados, la vigilancia y el archivo de la empresa.
Y cuando faltó empleado, Federico Zaratustra lo reemplazó con brillo y rapidez. No hubo por largo tiempo más inasistencias de empleados.
            Cumplía el trabajo de seis o de ocho hombres y aunque parecía algo más estimulado, su capacidad de trabajo se nos antojaba torrentosa.
            El gerente propuso que toda la tarea de la sección quedara en manos de Federico Zaratustra. Aceptó casi en silencio. El gerente creía oportuna esta aclaración:
            −La compañía ajustará su sueldo…
            −Es igual, no tengo familia.
            Como las virtudes y aptitudes de F.Z. eran muy versátiles, el gerente resultó innecesario. Los miembros del directorio invitaron a Federico Zaratustra para que conversaran.

            La mayor parte de la entrevista la pasó silencioso, ausente y molesto. Al término, dijo en su corazón: “No me comprenden; no soy la boca necesitan sus oídos.”
            El directorio se creyó dueño de un tesoro incalculable. Por precaución decidió  construirle gigantesca e inviolable caja de seguridad para protegerlo. Allí tenía cuanto necesitaba para que pudiera trabajar  a toda hora; también un circuito televisivo satelital de observación exterior. Pero muy pocos podían resistir el espectáculo de verlo en actividad. Bocacalle de idas y venidas, de órdenes e improperios; alguno afirmó que F.Z. volaba. Que le crecían brazos y manos y cabezas: desplegábase en numerosos seres.
            El directorio también quedó absorbido por Federico Zaratustra. Muchas industrias dependieron de él, de sus decisiones. Aunque los directores admitían las ventajas en el orden de la economía y de la eficiencia, no descartaban lo peligroso que significaba pender exclusivamente del insuperable F.Z.
            Venían emisarios del exterior para estudiarlo. ¿Sería muy descabellado construir alguna réplica, descendencia, mediante acoplamientos adecuados? Llegó a conducir todas las empresas del país.
            Federico Zaratustra  acelerábase más y más. Apenas podían seguirlo por computadoras. Pronto se invirtió la marea: F.Z. ordenaba y comandaba a los directores y propietarios. Alarma profunda. Hubo decisión unánime de venderlo (destruirlo). Con caja de seguridad y todo lo depositaron ene el fondo del océano Atlántico. Federico Zaratustra (dejaba hacer) trabajaba inigualable sobrehumanoinhumano. Lo dinamitaron a él y la caja de seguridad y sólo provocaron un considerable estornudo en el fondo de las aguas. Nada más. Ya no es posible retrotraer las funciones al estado anterior a F.Z.. Hay una cordillera de datos, problemas y soluciones de las que sólo un superhombre  como Federico Zaratustra conoce, es el oráculo. Todos aclaman a F.Z.
            No hay otra salida que congregarse con los “átomos” de las ciudades y formar parte de la caterva de innumerables “moléculas” que siguen la dirección de la masa.
            Federico Zaratustra, omnipotente, sin forma precisa, ilógico, ramificado hasta el encantamiento, obedecido irrazonablemente, explica- en varias lenguas al mismo tiempo- que no deben preocuparse. Que  vuelvan a casa; que él absorberá gustoso la ocupación y la inquietud de todos. Que  se dediquen a la reproducción de superhombres  como él y que esperen la llegado de lo “finito sin fin”.