A la memoria de Enrique Méndez Calzada
Sobre los finales del siglo XXV, S.I. seguía planteándose
cuestiones bien rancias. Frente a un gran micrófono interior comentaba así:
"Todo debe tener una causa. Como yo soy causalista, yo debo tener una
causa. Puesto que si todo lo que vemos en el mundo tiene una causa, el mundo
entero tiene también una causa, cosa que precisamente hay que demostrar. Y como
hasta lo presente ninguno lo ha demostrado yo, S.I., voy a demostrarlo objetivamente.
¿Todo hombre nace para morir? Eso es apriorismo puro; luego hay que
verificarlo."
S.I. tenía
enorme inventiva para resolver absurdos. Sometido, metódicamente, a una serie
de costosos estudios biológicos probabilísticos, como resultado obtuvo un
número que lo dejó estupefacto: ¡"Mi riesgo catástrofe es 500? Eso significaba
que las Parcas podían guillotinarlo en cualquier hora. Le explicaron doctos
namotecnólogos que si lograba bajar el riesgo catástrofe a 0,5 sus
probabilidades de vida viraban bruscamente hacia la perpetuidad. Esto hablando
desde el punto de vista teórico, puesto que desde la praxis u otras
orientaciones menores -digamos metafísicas, fantásticas...- ese molesto 0,5 de
imprevisibilidad podía ahogarse dentro del cero. Pero en tal caso ya no
dependía exclusivamente de la ciencia sino del mismo S.I.
Entonces, como primera parte para desbaratar los lacerantes
apriorismos, se propuso la renovación orgánica total, cosa que en el siglo XXV
era fácilmente hacedera.
1) Le
implantaron una bomba cardíaca de material radiactivo; válvulas de platino
iridio; porque el corazón es lo primero.
2)
Implantes de riñones, hígado y pulmones.
3) Implante
de testículos y pene
4)
Implantes de vértebras desgastadas y fragmentos de médula ósea.
5)
Implantes de páncreas mecánico y segmentos de intestinos atascables y nervios
desmielinizados.
6) Se quitó
cataratas, próstata y grasa.
7) Mejoró
su aspecto fisonómico mediante implantes dentales y no menos de una docena de
cirugías estéticas por agregado de tejidos de oro y platino y celuloterapia
"ad hoc".
Al vérselo tan rozagante y vital pasaba inadvertida su
exacta edad cronológica. Solía distinguir: "En la edad documentada puedo
llegar a ser don decrépito, pero biológica-mente soy otro Dorian Gray. Soy
'presque' una maquinaria sin desgaste."
Hasta aquí el anticausalismo de S.I. parecía inobjetable. El
intríngulis quedó suscitado ante la Muerte.
De sus profundos razonamientos S.I. llegó a esta conclusión:
que trasplantes contra la Muerte no había; más, sería un absurdo. Sin embargo
sabía a través de textos artísticos venerables que la Muerte concede acuerdos.
Se dijo: "Un acuerdo entre la Muerte y yo es algo viable. Poseo voluntad,
inteligencia y medios para hacerlo."
Viajó hasta la región del río Aqueronte, tal cual lo describe
Dante en el canto III del Infierno. Y allí, efectivamente, es-taba la Muerte,
que nada quería saber de progresos tecnológicos. Seguía transportando a los
condenados dentro de lanchas sucias e incómodas. Le concedió la entrevista a
S.I. Aun-que cueste creerlo la Muerte es muy razonable cuando se acepta aquello
que pide. Entre la Muerte y S.I. hubo acuerdo o pacto. Nada quedó escrito,
porque la Muerte -como todo lo antiguo- decide únicamente por palabra y sangre.
La Muerte respetaría a S.I.
Es razonable suponer que S.I. viviría dentro de la mesura, de
las buenas costumbres, sin exponerse a riesgos inútiles, ni a derroches
donjuanescos o ruinosos, ni entre amores fatales. La Muerte que es muy lacónica
y ambigua le pidió: "Tu forma me pertenecerá".
Aquí es oportuno mencionar algo ocurrido a principios del
siglo XXVI, cuando S.I. ya gozaba plenamente de sus corazas anatómicas y
fisiológicas. Retrocedamos.
Ya lo había anunciado Enrique Méndez Calzada escritor del
siglo XX. Su profecía calificada como obra de imaginación científica se incluyó
en "Ficciones argentinas 1900-1930". Méndez Calzada anunció "La
sublevación de las máquinas" "Hubo un día de la gran sublevación de
las máquinas en que una clamorosa asamblea de fonógrafos y aparatos de radiotelefonía
reunida en la ciudad de Filadelfia proclamó los Derechos de la Máquina y
decidió declarar la huelga general hasta tanto fuesen acatadas por el hombre
las condiciones que se fijaban en aquel documento; todas las máquinas del mundo
se negaron a continuar prestando los servicios a que estaban destinadas, y si
se pretendía compelerlas o violarlas, ejecutaban al revés (o no las
ejecutarían) las órdenes recibidas." El autor citado destacaba casos
particulares, entre humorísticos y trágicos, ante la declaración de las
sublevadas máquinas, mientras se llegaba a una conciliación (ignoro si amable u
obligatoria) se nombró mediador tanto por los hombres como por las máquinas
"al Sumo Hacedor, el Omnipotente Jehová (dice el autor) a quien todo aquello
traía contristado y cogitabundo".
Volvamos al siglo XXVI.
S.I. no estaba
en Filadelfia, sino en Buenos Aires. La sublevación se diseminó como eco
violento e instantáneo por urbi et orbi. Y se introdujo en la intimidad de S.I.
Oía y veía por "televisión internizada" las protestas desde
Filadelfia, protagonizadas por las máquinas. Mandó cerrar todas las aberturas
de su mansión inteligente para protegerse de probables intrusiones.
Es verdad que la residencia de S.I. poseía todo cuanto el
artificio o la cobardía humana había logrado para su protección. Pero S.I.
sintió pánico. Cosquilleo en la boca del estómago mecánico que se le instaló en
el medio del pecho. Dolor que le tironeaba como queriéndolo abrazar con brazos
de púas (arcaísmo desde luego). En la espalda, a la altura de los pulmones y en
la cintura algo reventaba sordamente.
Creyó que de la cara le brotaban alambres vibradores... El
espanto lo recibió a las carcajadas. Su lógica anticausalística se le derramaba
por los oídos. Creyó que detrás de vidrios invulnerables no se perdería ninguna
pieza de su interno ajedrez metalúrgico.
Podemos opinar que todos sus mecanismos interiores se habían
soliviantado. En minutos, la estructura orgánica se derrumbó. Padeció la
sublevación de las máquinas, anticipada por E.M.C. en el siglo XX
Lo encontraron en el piso de la cabina invulnerable como si
fuera un bicho atrapado.
A punto de ser incluido en la "basura", alguien
observó que el insecto emitía fulgores amarillentos. Llamó la atención, y
estudiado por naturalistas del siglo XXVI, se difundió la siguiente
descripción:
"Se trata de un fulgórido, hemíptero (dos alas), cuya
cabeza muestra prolongaciones que llegan a emitir ondas hertzianas. Suponemos
que es inteligente, pues su genoma casi no difiere del humano. De cuerpo
rechoncho y fuerte, las grandes alas anteriores pueden colorearse
llamativamente de amarillo a voluntad del fulgórido. Son capaces de vivir indefinidamente.
Podemos remitirlo al museo entomológico como prueba de la metamorfosis
colisionante."
¿Puede admitirse, causalísticamente hablando, que la Muerte
cumplió el pacto, respetó a S.I.?