Cuando Federico
Zaratustra tenía treinta años se alejó de su lugar nativo y recaló en la
capital.
Se ofreció para cualquier cosa. Lo
destinaron a limpiar los baños. Por su agilidad felina, en minutos terminaba el
trabajo. Le agregaron los mandados y que sirviera café. Sin equivocarse,
concluía todo en un santiamén.
No tenía dónde vivir y por eso quedó
a cargo de la vigilancia nocturna. A la mañana, cuando llegábamos, no le
advertíamos signos de haber pasado 24 horas despierto. “Trabajo y me
recupero.”
Apenas dos meses: la limpieza, el
café, los mandados, la vigilancia y el archivo de la empresa.
Y
cuando faltó empleado, Federico Zaratustra lo reemplazó con brillo y rapidez.
No hubo por largo tiempo más inasistencias de empleados.
Cumplía el trabajo de seis o de ocho
hombres y aunque parecía algo más estimulado, su capacidad de trabajo se nos
antojaba torrentosa.
El gerente propuso que toda la tarea
de la sección quedara en manos de Federico Zaratustra. Aceptó casi en silencio.
El gerente creía oportuna esta aclaración:
−La compañía ajustará su sueldo…
−Es igual, no tengo familia.
Como las virtudes y aptitudes de
F.Z. eran muy versátiles, el gerente resultó innecesario. Los miembros del
directorio invitaron a Federico Zaratustra para que conversaran.
La mayor parte de la entrevista la
pasó silencioso, ausente y molesto. Al término, dijo en su corazón: “No me
comprenden; no soy la boca necesitan sus oídos.”
El directorio se creyó dueño de un
tesoro incalculable. Por precaución decidió
construirle gigantesca e inviolable caja de seguridad para protegerlo.
Allí tenía cuanto necesitaba para que pudiera trabajar a toda hora; también un circuito televisivo
satelital de observación exterior. Pero muy pocos podían resistir el
espectáculo de verlo en actividad. Bocacalle de idas y venidas, de órdenes e
improperios; alguno afirmó que F.Z. volaba. Que le crecían brazos y manos y
cabezas: desplegábase en numerosos seres.
El directorio también quedó
absorbido por Federico Zaratustra. Muchas industrias dependieron de él, de sus
decisiones. Aunque los directores admitían las ventajas en el orden de la
economía y de la eficiencia, no descartaban lo peligroso que significaba pender
exclusivamente del insuperable F.Z.
Venían emisarios del exterior para
estudiarlo. ¿Sería muy descabellado construir alguna réplica, descendencia,
mediante acoplamientos adecuados? Llegó a conducir todas las empresas del país.
Federico Zaratustra acelerábase más y más. Apenas podían seguirlo
por computadoras. Pronto se invirtió la marea: F.Z. ordenaba y comandaba a los
directores y propietarios. Alarma profunda. Hubo decisión unánime de venderlo
(destruirlo). Con caja de seguridad y todo lo depositaron ene el fondo del
océano Atlántico. Federico Zaratustra (dejaba hacer) trabajaba inigualable
sobrehumanoinhumano. Lo dinamitaron a él y la caja de seguridad y sólo
provocaron un considerable estornudo en el fondo de las aguas. Nada más. Ya no
es posible retrotraer las funciones al estado anterior a F.Z.. Hay una
cordillera de datos, problemas y soluciones de las que sólo un superhombre como Federico Zaratustra conoce, es el
oráculo. Todos aclaman a F.Z.
No hay otra salida que congregarse
con los “átomos” de las ciudades y formar parte de la caterva de innumerables
“moléculas” que siguen la dirección de la masa.
Federico Zaratustra, omnipotente,
sin forma precisa, ilógico, ramificado hasta el encantamiento, obedecido
irrazonablemente, explica- en varias lenguas al mismo tiempo- que no deben
preocuparse. Que vuelvan a casa; que él
absorberá gustoso la ocupación y la inquietud de todos. Que se dediquen a la reproducción de
superhombres como él y que esperen la
llegado de lo “finito sin fin”.
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