(Abyssus Abyssum invocat)
Pocos
artistas vislumbraron el abismo con tanta maestría como lo sospechó Xul Solar.
Recuerdo el dibujo en blanco y negro “Ciudá y Abismo”. Bajo el cielo negro
absoluto, torres redondeadas, yuxtapuestas por puentes miserables. La
iluminación parecía nacer artificiosamente desde un faro próximo. Torres que se
encorolan empecinadas entre escaleras interminables y peligrosas
Almas,
quizá traspapeladas, que les importaba desbarrancarse en el abismo. Salientes
de madera con roldada y soga sostienen cuencos vacíos. ¿Para qué servirían?
Un
alma de luto aparece en las escaleras. Gritaba: “Luz, más luz.” Varias cabezas
asoman por una ventana del edificio blanco: “No. No más”. Otro asomó hasta el
torso: “Apaguen la luz”.
Vino
el simulacro y sonó un redoble sin eco y la voz: “¡Carajo, un balazo!” Retorna
la luz. Dos almas con una bandera sobre el puente frontero parecen trabados en
disputa: “¡Es absurdo!”…”¡Esto es absurdo: Discúlpeme, señor…habrá guerras…hay
que prepararse. Todo es tan aburrido!” Ambos se traban en lucha libre y caen en
el abismo. Otra alma, delgadita, bastón en mano se inclina: “Amaos los unos a
los otros.” Se perciben pasos distantes y cercanos. El alma delgada,
pregunta”¿Quién anda ahí?” Mano que empuja. “Es muy bonito todo allá”
Otra
cabeza fantasmal asoma en la cúspide de la torre del fondo: “Quiero dormir,
tengo un terrible dolor de cabeza.” Desde la abertura más alta, alguien recita:
“Se abrirán las grandes alamedas…que Dios se apiade de mi pobre alma.” Ambos
sin vacilaciones se dispararan al vacío. Una mujer canosa, recostada en el
farol, comenta: “Lo hizo a la manera difícil”. Sonríe sin esperanzas, porque a
dos pasos la espera el verdugo: “Tengo el cuello muy fino”. Entonces me di
cuenta de la función de los cuencos: bajaron rápidamente (la cabeza dentro) sin
sangre.
En
otro sector: la calle, la escalera eminente. Hay cierto alboroto: “Dios mío,
¿qué pasó? “ “Dejadme ir a la casa del Padre” “Qué pérdida irreparable” “No es
nada…no es nada” “¿Por qué no?...después de todo, le pertenece” “Champán”
Los
prebostes que aparecen desde lo alto de la escalinata son fornidos e
impiadosos. Arremeten contra los que buscan como última escapatoria el abismo.
Dos rezagados ansían la subida. Tratan de entenderse: “Máteme, si no usted es
un asesino” “Soy fiel servidor del rey, pero primero Dios” “Dispáreme en el
pecho” “Que baje el telón, la farsa terminó”. Hubo aplausos. No se veía el
escenario. “Que los amigos aplaudan. La comedia se acabó” “Qué gran artista
perece”
Una
caravana de actores saltan por las escaleras sin importarles que el abismo se
relama ansioso. “Ahora estoy en la fuente de la felicidad.” “Que esté preparado
mi traje de cisne.” Desaparecen por detrás de las torres, bien en lo alto.
Aturde el silencio.
Aquella
alma que parecía teñida de blanco, obesa, histriónica: “Ocho horas con fiebre
me habría dado tiempo para escribir un libro.” “Todas mis posesiones por un momento.”
Y detrás la caterva de iluminados. “Yo soy el conde Drácula, el rey de los
vampiros, soy inmortal.” “Ahora me iré a dormir.” “Nunca debí cambiar del
scotch a los martinis.” El gigantón grita frente al edificio blanco: “Me he
bebido dieciocho vasos bien llenos de güisqui. Eso es un récord. Eso es todo lo
que yo he conseguido en 39 años”. “Mañana ya no estaré aquí.” Otro no podía más
que excretar una palabra: “Mierda…mierda…mierda”. Abrazados optaron por una
cabriole hacia el abismo.
“Las
últimas palabras son cosas de tontos que no han dicho lo suficiente mientras
vivían.”
La
luz tiritaba. Apenas distinguía las almas. Voz nítida: “He ofendido a Dios y a
la humanidad porque mi trabajo no tuvo la calidad que debía haber tenido.” Y se
desmorona en la penumbra. Puedo reconocer la postrera (su calva): “Critón, le
debo un gallo a Asclepios. No te olvides de pagárselo”. Se hunde entre
pasadizos.
Las
sombras lo complicaron todo. La ciudá, sin vida, sublima límpidamente. Sin
resquebrajamientos ni catástrofes. Lo que parecía sólido y petrificado se
introdujo en la levedad de las partículas. La gran nube negra expansiva no
tardó en ascender hacia el otro abismo, el de las alturas.
Antes
que el panorama se esfumara del todo creí percibir, aunque no pueda asegurarlo,
un viento agudo en el introito, grave en el final: “¡Qué pena morir, cuando me
queda tanto por leer!” “El abismo clama al abismo.”
(Lo
juro: El abisnauta)
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