En la plaza, alrededor de la estatua del prócer, los ociosos
de siempre chacotean estruendosamente.
Pero el comentario es ineludible para todos, porque en el lugar los anuncios
son cumplidos sin dilaciones.
“Es que mañana comienza la divisilibidad”-gritó uno-; y otro
corrige: “no, no, hombre: se dice di-vi-si-bi-li-dad”.
En la plaza hay palos borrachos (con sus grandes cápsulas
verdes llenas de pelusa sedosa) aristocráticas acacias, un campanudo pino que
se adorna e ilumina en Navidad, el reloj de tres caras incrustado en la base
triangular de mampostería, la destartalada casilla telefónica que alguna vez
funcionó. La estatua del prócer es blanca, la actitud del tribuno altiva,
hombro adelante que recuerda al Condotiero
de Verrochio, pero nada puede contra irrespetuosas palomas que aterrizan hora
en el hombro hora en la calva. Cerca del prócer, el mástil de las fechas
patrias; frente a la plaza, pavimento por medio, el municipio (muy iluminado
por dentro) y muchos influyentes que van y vienen, gesticulantes, por la
vereda. Atardecer tumultuoso.
Enderezan miradas vagabundas hacia donde pueden columbrarse
los techos de las barracas; y más a lo lejos las manchas verdes de los
sembrados. Hubo palmaditas en la espalda, abrazos y “hasta mañana” alegres;
solamente cuatro o cinco preparan armas por las dudas.
Después de todo se trata de una “prueba piloto”-como se
dice-porque las características topográficas y demográficas del lugar se
consideran ideales (aunque jamás se dijo por qué).
El muro, pared o seto (el nombre es contingente) comienza a
levantarse en el límite oriental del lugar y va hacia el oeste. La máquina, que
hace el trabajo, tiene cierta semejanza con los paquidermos: extremidades
bastas, prominente abdomen y una trompa de varios centenares-de-metros-de-
longitud. ¡Ah, la trompa! “La manguera”-como se la bautiza en el lugar-merece
algunas explicaciones complementarias. Hace las veces de cabeza y de brazos; es
hueca, anillada e invulnerable; pero,
flexible y filosa, puede penetrar bajo tierra a voluntad. Sorbe por vacío
materiales sepultos (piedras, huesos, barro, agua) que acumula en el vientre;
materiales que tritura, amasa y subdivide en prismas sorprendentemente lisos,
iguales, grisáceos.
El lugar tiene un afluente de río, media docena de alturas,
numerosas hondonadas y varios otros accidentes sin importancia, comunes a
muchos otros lugares del mundo. Porque se trata de un lugar mediocre, supongo
que mereció ser elevado a la categoría de precursor de la divisibilidad.
Muy tempranito comienza la máquina a construir
sistemáticamente el muro, pero ya un reguero de curiosos e incrédulos que poco
duermen, suele seguirla por todas partes. Por las extremidades colosales que
tiene, su andar el majestuoso, seguro, sin prisas ni nerviosismos humanos.
Cuando encuentra una valla natural-agua, altura o depresión- tras lógico
rodeos, prosigue la obra. Pero repito, como el lugar es bastante uniforme,
estos esquives resultan poco frecuentes. Por otra parte, conoce tan
puntualmente la topografía del terreno que elude las simas y las jorobas con
precisión matemática. Más que construir el muro sobre cerros o ríos-que sería
obra de torpes-su misión es dividir por donde transita el hombre. Lógico
resulta que se haya metido en campos, mansiones, fábricas, barracas.
Divisibilidad por dos.
El muro se levanta justamente en la mitad de las cosas
humanas. La máquina no cometer errores cuando se le ordena algo, ni tampoco
conoce el cansancio. Trabaja inmutable. Produce argamasa, ladrillos y pared;
argamasa para la pared de ladrillos. Eso es todo. Por cierto, el muro resulta
sinuoso, llena de meandros; pero no cabe duda de que se introdujo donde debía dividir. Divisibilidad
por dos.
Erizáronse amos, poseedores y ladrones, y estuvieron a punto
de protestar… a tiros… por ese muro que les segregaba herencias, bienes y
rapiñas. Pero mejor pensado el asunto, más serenamente, aconsejados por jueces
e influyentes, comprenden que esta vez existe algo insalvable. La máquina sin
cabeza no entendería. Es desatino querer detener la obra. Por otra parte, pese
al disgusto, la divisibilidad por dos no los sumía en la miseria que digamos;
tienen demasiado como para indignarse sinceramente.
Aunque la vida en el lugar, en lo fundamental, continúa como
siempre el asunto merecía encontrados comentarios. La mayoría restalla de
contento; pero, se sabe, también meten el veneno los pesimistas de siempre.
Antes que el muro de este a oeste estuviera concluido apareció otra máquina,
idéntica a la primera, que construye un muro de norte a sur, pero con la
precisa consigna de dividir la mitad de lo ya dividido; que lo separado por dos
resultaría, merced al nuevo muro, dividido por cuatro. No es motivo de
molestarse por adivinadas reiteraciones,
ya que imaginación ahorra trabajo. Las operaciones divisorias se multiplican
mediante nuevas máquinas. Porque después de la división por cuatro, empezó por
ocho y más adelante por dieciséis y después por…
Ciertamente, cuándo terminó la divisibilidad, no lo sabemos;
pero que hubo límites, y escalas o proporcionalidad a las subdivisiones, es
indubitable. Puesto que cuando los grandes predios resultaron indivisibles
desde el punto de vista lógico y práctico, vino
la cisura de los más modestos, y así sucesivamente. Consecuencia: todos
conocieron el efecto de las máquinas, desde del potentado (que ya no lo es)
hasta el pobre (que tampoco se llama de tal manera). También es cierto que las
máquinas, para actuar sobre superficies
más y más reducidas, las máquinas, han sido proporcionalmente de dimensiones
cada vez más chicas, hasta que aparecían no mayores que las abejas; y-según
exagerado que nunca falta-las hubo tal diminutas como los virus invisibles.
Claro que el lugar, como consecuencia de tantas tabicaciones
, queda metamorfoseado en panal; también es lícito compararlo con un montón de
carne picada. Los habitantes del lugar pasaron por tres estados sucesivos.
Primero. De expectación; cuando los más exagerados juzgan a
las máquinas como justicieras. (Son los que asocian la justicia con lo
mecánico.) Segundo. Largo momento de incertidumbre. Es la época en que las
máquinas avanzan más allá de todo lo previsto. Cuando introducidas en una
miserable vivienda de única habitación la dividen por dos y por cuatro y por…
cuando, impertérritas, dividen –por dos y por todas las combinaciones de
dígitos-camas, sillas, libros, flores, pulgas, cucarachas, dinero, etc., etc.….
La plaza, el lugar que los reunía en los acontecimientos importantes, quedó
reducida a papilla; el prócer, pulverizado, por fin se vio libre de molestas
palomas. Terrorífico el tercer momento. Hombres y mujeres-desorbitados,
temblorosos-tratan de soterrar todo
aquello que hubiera quedado libre de la implacable sed subdivisionista de las
máquinas. Como ya se ha perdido el concepto de la unidad y de lo armónico,
ocultan trozos de muebles y enseres, por lo regular, totalmente irreconocibles
e inservibles.
Tratan algunos valientes, desafiando la furia justiciera de
las máquinas, de ganar los límites del lugar para evadirse: arrean al hombro bultos repletos de escombros. Los
muros se han ido articulando de tal suerte que, muros dentro de muros, crean
laberintos dentro de enjambres. Los seres humanos del lugar aprenden que la
vida puede sufrir infinitas adaptaciones, desde sibaríticas hasta antropofágicas.
Entre marañas de muros y obstáculos se arrastran como babosas y viven encogidos dentro de pozos o
copulados como extrañas infrutescencias.
Es previsible, casi lógico. Por fin, quieren evadirse no
solamente los valientes, sino todos, en masa, como caudal de fluido homogéneo
que buscar cauce o salida entre intrincado e inextricable laberinto de piedras.
Hombres y mujeres se lanzan al abordaje de imposibles vías de escape. Los más decididos, antenas de un
cuerpo multitudinario pero amorfo, tantean salidas inexistentes. Los de la
periferia llegan los muros, aquellos muros acorazados-aplaudidos por la
mayoría- aquéllos que levantaron las
primeras admiradas y majestuosas máquinas. Los que viven en el centro del lugar,
cerca de la plaza no llegan a los muros: burbujean entre la imposibilidad y la desesperanza.
Como bien puede suponerse, los muros de todo tipo de
dimensiones impedían las salidas naturales. Necesariamente debían escalar los
obstáculos. Hombres y mujeres aprenden a subir paredes, aún los tullidos.
Acercándose aunque no más de diez centímetros al cielo, puede renacer la
ilusión. Mirando hacia las inmensas puertas de lo alto todas las salidas
parecían fáciles. Muchos del lugar creen
que viven, sin saberlo, grosera
suprarrealidad, que pronto alcanzarían, otra vez, extensos verdes,
eras interminables, tranquilos fundos,
demorosos días, abundantes monedas, hedonísticos anocheceres.
Pero cuando todos lo que intentan escalar subían su muro,
por donde podían, aparecen todas las máquinas-las primeras y las últimas. (El
orden y la disciplina debe ser mantenido a cualquier precio: no es posible
tolerar asonadas ni éxodos.)
Las máquina reiteran la primera divisibilidad por dos sobre
los hombres y mujeres del lugar, operación que debe cumplirse sin claudicaciones,
después, por 4, 8, 16, 32… algunos, no más de un puñado, pudieron escapar (dos
o tres, enteros; otros, sin cabeza o divididos longitudinalmente).
Casi todos quedan en el lugar: segregados, cisurados,
grotescos, buscando infructuosamente por vía refleja partes de un todo entre un todo de partes.
Pero - según hemos podido otear-también esto es transitorio.
Pronto comenzarían las subdivisiones de las razones y de los sentimientos-por2,
4,8, 16, 32…-porque se supone que están escondidos, que son sólidos, materiales
y… divisibles.
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