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sábado, 2 de mayo de 2015

DIVISIBILIDAD

En la plaza, alrededor de la estatua del prócer, los ociosos de siempre chacotean  estruendosamente. Pero el comentario es ineludible para todos, porque en el lugar los anuncios son cumplidos sin dilaciones.
“Es que mañana comienza la divisilibidad”-gritó uno-; y otro corrige: “no, no, hombre: se dice di-vi-si-bi-li-dad”.
En la plaza hay palos borrachos (con sus grandes cápsulas verdes llenas de pelusa sedosa) aristocráticas acacias, un campanudo pino que se adorna e ilumina en Navidad, el reloj de tres caras incrustado en la base triangular de mampostería, la destartalada casilla telefónica que alguna vez funcionó. La estatua del prócer es blanca, la actitud del tribuno altiva, hombro  adelante que recuerda al Condotiero de Verrochio, pero nada puede contra irrespetuosas palomas que aterrizan hora en el hombro hora en la calva. Cerca del prócer, el mástil de las fechas patrias; frente a la plaza, pavimento por medio, el municipio (muy iluminado por dentro) y muchos influyentes que van y vienen, gesticulantes, por la vereda. Atardecer tumultuoso.
Enderezan miradas vagabundas hacia donde pueden columbrarse los techos de las barracas; y más a lo lejos las manchas verdes de los sembrados. Hubo palmaditas en la espalda, abrazos y “hasta mañana” alegres; solamente cuatro o cinco preparan armas por las dudas.
Después de todo se trata de una “prueba piloto”-como se dice-porque las características topográficas y demográficas del lugar se consideran ideales (aunque jamás se dijo por qué).

El muro, pared o seto (el nombre es contingente) comienza a levantarse en el límite oriental del lugar y va hacia el oeste. La máquina, que hace el trabajo, tiene cierta semejanza con los paquidermos: extremidades bastas, prominente abdomen y una trompa de varios centenares-de-metros-de- longitud. ¡Ah, la trompa! “La manguera”-como se la bautiza en el lugar-merece algunas explicaciones complementarias. Hace las veces de cabeza y de brazos; es hueca, anillada e  invulnerable; pero, flexible y filosa, puede penetrar bajo tierra a voluntad. Sorbe por vacío materiales sepultos (piedras, huesos, barro, agua) que acumula en el vientre; materiales que tritura, amasa y subdivide en prismas sorprendentemente lisos, iguales, grisáceos.
El lugar tiene un afluente de río, media docena de alturas, numerosas hondonadas y varios otros accidentes sin importancia, comunes a muchos otros lugares del mundo. Porque se trata de un lugar mediocre, supongo que mereció ser elevado a la categoría de precursor de la divisibilidad.
Muy tempranito comienza la máquina a construir sistemáticamente el muro, pero ya un reguero de curiosos e incrédulos que poco duermen, suele seguirla por todas partes. Por las extremidades colosales que tiene, su andar el majestuoso, seguro, sin prisas ni nerviosismos humanos. Cuando encuentra una valla natural-agua, altura o depresión- tras lógico rodeos, prosigue la obra. Pero repito, como el lugar es bastante uniforme, estos esquives resultan poco frecuentes. Por otra parte, conoce tan puntualmente la topografía del terreno que elude las simas y las jorobas con precisión matemática. Más que construir el muro sobre cerros o ríos-que sería obra de torpes-su misión es dividir por donde transita el hombre. Lógico resulta que se haya metido en campos, mansiones, fábricas, barracas. Divisibilidad por dos.
El muro se levanta justamente en la mitad de las cosas humanas. La máquina no cometer errores cuando se le ordena algo, ni tampoco conoce el cansancio. Trabaja inmutable. Produce argamasa, ladrillos y pared; argamasa para la pared de ladrillos. Eso es todo. Por cierto, el muro resulta sinuoso, llena de meandros; pero no cabe duda de que se  introdujo donde debía dividir. Divisibilidad por dos.
Erizáronse amos, poseedores y ladrones, y estuvieron a punto de protestar… a tiros… por ese muro que les segregaba herencias, bienes y rapiñas. Pero mejor pensado el asunto, más serenamente, aconsejados por jueces e influyentes, comprenden que esta vez existe algo insalvable. La máquina sin cabeza no entendería. Es desatino querer detener la obra. Por otra parte, pese al disgusto, la divisibilidad por dos no los sumía en la miseria que digamos; tienen demasiado como para indignarse sinceramente.
Aunque la vida en el lugar, en lo fundamental, continúa como siempre el asunto merecía encontrados comentarios. La mayoría restalla de contento; pero, se sabe, también meten el veneno los pesimistas de siempre. Antes que el muro de este a oeste estuviera concluido apareció otra máquina, idéntica a la primera, que construye un muro de norte a sur, pero con la precisa consigna de dividir la mitad de lo ya dividido; que lo separado por dos resultaría, merced al nuevo muro, dividido por cuatro. No es motivo de molestarse por adivinadas  reiteraciones, ya que imaginación ahorra trabajo. Las operaciones divisorias se multiplican mediante nuevas máquinas. Porque después de la división por cuatro, empezó por ocho y más adelante por dieciséis y después por…
Ciertamente, cuándo terminó la divisibilidad, no lo sabemos; pero que hubo límites, y escalas o proporcionalidad a las subdivisiones, es indubitable. Puesto que cuando los grandes predios resultaron indivisibles desde el punto de vista lógico y práctico, vino  la cisura de los más modestos, y así sucesivamente. Consecuencia: todos conocieron el efecto de las máquinas, desde del potentado (que ya no lo es) hasta el pobre (que tampoco se llama de tal manera). También es cierto que las máquinas, para  actuar sobre superficies más y más reducidas, las máquinas, han sido proporcionalmente de dimensiones cada vez más chicas, hasta que aparecían no mayores que las abejas; y-según exagerado que nunca falta-las hubo tal diminutas como los virus invisibles.
Claro que el lugar, como consecuencia de tantas tabicaciones , queda metamorfoseado en panal; también es lícito compararlo con un montón de carne picada. Los habitantes del lugar pasaron por tres estados sucesivos.
Primero. De expectación; cuando los más exagerados juzgan a las máquinas como justicieras. (Son los que asocian la justicia con lo mecánico.) Segundo. Largo momento de incertidumbre. Es la época en que las máquinas avanzan más allá de todo lo previsto. Cuando introducidas en una miserable vivienda de única habitación la dividen por dos y por cuatro y por… cuando, impertérritas, dividen –por dos y por todas las combinaciones de dígitos-camas, sillas, libros, flores, pulgas, cucarachas, dinero, etc., etc.….
La plaza, el lugar que los reunía  en los acontecimientos importantes, quedó reducida a papilla; el prócer, pulverizado, por fin se vio libre de molestas palomas. Terrorífico el tercer momento. Hombres y mujeres-desorbitados, temblorosos-tratan de soterrar  todo aquello que hubiera quedado libre de la implacable sed subdivisionista de las máquinas. Como ya se ha perdido el concepto de la unidad y de lo armónico, ocultan trozos de muebles y enseres, por lo regular, totalmente irreconocibles e inservibles.
Tratan algunos valientes, desafiando la furia justiciera de las máquinas, de ganar los límites del lugar para evadirse: arrean  al hombro bultos repletos de escombros. Los muros se han ido articulando de tal suerte que, muros dentro de muros, crean laberintos dentro de enjambres. Los seres humanos del lugar aprenden que la vida puede sufrir infinitas adaptaciones, desde sibaríticas hasta antropofágicas. Entre marañas de muros y obstáculos se arrastran como babosas  y viven encogidos dentro de pozos o copulados  como extrañas infrutescencias.
Es previsible, casi lógico. Por fin, quieren evadirse no solamente los valientes, sino todos, en masa, como caudal de fluido homogéneo que buscar cauce o salida entre intrincado e inextricable laberinto de piedras. Hombres y mujeres se lanzan al abordaje de imposibles vías  de escape. Los más decididos, antenas de un cuerpo multitudinario pero amorfo, tantean salidas inexistentes. Los de la periferia llegan los muros, aquellos muros acorazados-aplaudidos por la mayoría-  aquéllos que levantaron las primeras admiradas y majestuosas máquinas. Los que viven en el centro del lugar, cerca de la plaza no llegan a los muros: burbujean  entre la imposibilidad y la desesperanza.
Como bien puede suponerse, los muros de todo tipo de dimensiones impedían las salidas naturales. Necesariamente debían escalar los obstáculos. Hombres y mujeres aprenden a subir paredes, aún los tullidos. Acercándose aunque no más de diez centímetros al cielo, puede renacer la ilusión. Mirando hacia las inmensas puertas de lo alto todas las salidas parecían fáciles. Muchos del lugar creen  que viven, sin saberlo, grosera  suprarrealidad, que pronto alcanzarían, otra vez, extensos verdes, eras  interminables, tranquilos fundos, demorosos días, abundantes monedas, hedonísticos anocheceres.
Pero cuando todos lo que intentan escalar subían su muro, por donde podían, aparecen todas las máquinas-las primeras y las últimas. (El orden y la disciplina debe ser mantenido a cualquier precio: no es posible tolerar asonadas ni éxodos.)
Las máquina reiteran la primera divisibilidad por dos sobre los hombres y mujeres del lugar, operación que debe cumplirse sin claudicaciones, después, por 4, 8, 16, 32… algunos, no más de un puñado, pudieron escapar (dos o tres, enteros; otros, sin cabeza o divididos longitudinalmente).
Casi todos quedan en el lugar: segregados, cisurados, grotescos, buscando infructuosamente por vía refleja partes de un todo  entre un todo de partes.
Pero - según hemos podido otear-también esto es transitorio. Pronto comenzarían las subdivisiones de las razones y de los sentimientos-por2, 4,8, 16, 32…-porque se supone que están escondidos, que son sólidos, materiales y… divisibles.
                                                                         

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