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sábado, 30 de mayo de 2015

ANÁLISIS CLÍNICOS


Aquel compañero ha estimulado más de una vez mi curiosidad sobre su persona. Vive solo, sin familiares a la vista. Tiende la mano a quien la necesite. Laborioso en sus obligaciones, no parece movido por afán de falsa modestia.
Una mañana (como tantas otras) trabajábamos rutinariamente sobre expedientes; de pronto, deja caer el bolígrafo sobre la mesa: sonríe, acerca la mano derecha a la sien del mismo lado- como quien despega una telaraña- y me confiesa:
- Voy a morir.
-Yo también-retruco-, ¿cuál es la novedad?
-Mi muerte es inminente, cosa de días.
Me parece que seco de soledad se había vuelto melancólico e hipocondríaco. Tras muchos esfuerzos consigo llevarlo al médico.
El galeno apenas lo revisa; quizá porque mi amigo contagia sencilla transparencia, se limita a brujulearlo de reojo.
-Está perfectamente bien; usted es un hombre  sanísimo: estoy seguro. Apuesto a que no necesita sedantes para dormir, ¿verdad? No obstante, le extenderé la orden para que le hagan unos análisis: ustedes saben que siempre dan más seguridad sobre el diagnóstico.
Yo- que confío ciegamente es los análisis y en las radiografías- celebro la idea. Para mí es cosa de magia eso de los líquidos y de los residuos que secreta el hombre. Y que desde ahí se puedan deducir unos números indicativos  de cómo marcha el corazón, de cuánto el intestino, del porqué de los pelos y de la piel. Quizá mi culto hacia los análisis sea desmoche vocacional: porque me hubiera gustado ser mirón del fondo humano, sin ser precisamente nada de eso de médico ni sicólogo.
Trato de salpicarle a mi amigo el entusiasmo, la fe que me anima hacia los análisis. Leo en sus ojos, tan sinceros, el amable escepticismo; pero no me contraría abiertamente.
-Dejá el asuntito de los análisis en mis manos; yo tengo experiencia (lo instruyo acerca de los cuidados que debe tener para la recolección de las muestras de orina y del ayuno que debe guardar).

Cuarenta y ocho horas después, a las nueve de la mañana, nos encontramos en la puerta de la policlínica. Trae un paquetito envuelto en discreto papel verde.
“Extracciones y Análisis: Primer piso”
La recepcionista a la cual entrega el envoltorio lo invita a pasar en el gabinete de las muestras de sangre. (Lo sigo como perro faldero.)
Tras las indicaciones de la enfermera se alarga sobre la camilla. Me encargo de descubrirle el brazo y antebrazo. Consabido tubo de goma., ¡afuera el aire de la jeringa!
-Está en ayunas, ¿no?
-Es mi estado habitual.
Por más que la enfermera tense el torniquete, las venas no surgen. “Venas escondidas y para colmo saltarinas”- mastica la de blanco. La enfermera al rojo turbulento no consigue sacarle nada coloreado de las venas. “Porque no dejamos para más tarde la muestra de sangre, enfermera…Mi amigo está algo desacostumbrado a estos bretes, compréndalo, es la primera vez…”
La mujer captó al vuelo mi idea y aprobó de mil amores postergarle las estocadas.
En la puerta del laboratorio la recepcionista del envoltorio verde nos esperaba de mal talante. Le devuelve el frasco desenvuelto y vacío. “Esto no tenía nada. ¿Trajo aire? Aquí no estamos para perder el tiempo, ¿sabe?
-Es que voy a morir…discúlpeme, señorita, compren…
Yo a punto de perder el buen humor.
-Cómo vas a morirte dentro de una policlínica, pavote. Vení, vamos al cuarto piso, a radiología. ¿Para qué te recomendé tanto y por escrito cómo juntar la orina?
-Quise complacerte, pero es imposible llevarle la contraria a nuestra naturaleza: yo no orino en absoluto, ¿entendés?
-¿…?
Después de la insalvable espera, queda en manos del radiólogo.
Trabaja a brazo partido el hombre detrás de la máquina. Multiplica placas, cambia posiciones.
Cerca del mediodía, tras otra buena tajada de espera, el radiólogo nos llama (varios médicos más jóvenes nos observan como si fuéramos bichos raros). Explica que las placas no han demostrado nada. Arriesgo, calculada camorra:
-¿No estará  trabada la máquina, ¿doctor?
-El trabado es ése…ése…ése -señala con furia  a mi amigo.
Llenos de incertidumbre, diría que rabiosos- los hijos de Hipócrates atrapan mi amigo.
“Vamos a revisarle todo: Pulmones, corazón…hasta el último de los “meticulositos”, todo, ¿entendió?:  respirecorazón…notosa…suturnodoctor…norespire…suturnodoctor…colaboretosa…suturnodoctor…respiretosa…silencioosa tosa…suturnodoctor…respiretosa…colaborenotosrespirenorespire…suturnodoctor…”
Han llamado de urgencia  al director de la policlínica y a colegas de otras especialidades…y a la televisión.



De tanto revuelo, comprimo en limpio: Según ellos  “en el caso no se revela, no se demuestra, la existencia de órganos vitales dentro de la caja torácica ni en ninguna otra parte del cuerpo”.
Mi amigo, sentadito en la camilla, sin ira ni zapatos, en calzoncillos, afirma mansamente:
-No puedo esperar más, mi plazo ya está completo. He aprendido a retirarme sin tristezas: lo siento por el tiempo que te hice perder. Gracias, amigo, gracias.
Y la sala que chorrea de timbrazos, médicos a las corridas, bochinche y aparatos que aparecen y desaparecen. Y mi amigo pálido que se volatiliza como el alcanfor.
                                            

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