Aquel
compañero ha estimulado más de una vez mi curiosidad sobre su persona. Vive
solo, sin familiares a la vista. Tiende la mano a quien la necesite. Laborioso
en sus obligaciones, no parece movido por afán de falsa modestia.
Una mañana
(como tantas otras) trabajábamos rutinariamente sobre expedientes; de pronto,
deja caer el bolígrafo sobre la mesa: sonríe, acerca la mano derecha a la sien
del mismo lado- como quien despega una telaraña- y me confiesa:
- Voy a
morir.
-Yo
también-retruco-, ¿cuál es la novedad?
-Mi
muerte es inminente, cosa de días.
Me
parece que seco de soledad se había vuelto melancólico e hipocondríaco. Tras
muchos esfuerzos consigo llevarlo al médico.
El
galeno apenas lo revisa; quizá porque mi amigo contagia sencilla transparencia,
se limita a brujulearlo de reojo.
-Está
perfectamente bien; usted es un hombre
sanísimo: estoy seguro. Apuesto a que no necesita sedantes para dormir,
¿verdad? No obstante, le extenderé la orden para que le hagan unos análisis:
ustedes saben que siempre dan más seguridad sobre el diagnóstico.
Yo- que
confío ciegamente es los análisis y en las radiografías- celebro la idea. Para
mí es cosa de magia eso de los líquidos y de los residuos que secreta el
hombre. Y que desde ahí se puedan deducir unos números indicativos de cómo marcha el corazón, de cuánto el
intestino, del porqué de los pelos y de la piel. Quizá mi culto hacia los
análisis sea desmoche vocacional: porque me hubiera gustado ser mirón del fondo
humano, sin ser precisamente nada de eso de médico ni sicólogo.
Trato
de salpicarle a mi amigo el entusiasmo, la fe que me anima hacia los análisis.
Leo en sus ojos, tan sinceros, el amable escepticismo; pero no me contraría
abiertamente.
-Dejá
el asuntito de los análisis en mis manos; yo tengo experiencia (lo instruyo
acerca de los cuidados que debe tener para la recolección de las muestras de
orina y del ayuno que debe guardar).
Cuarenta
y ocho horas después, a las nueve de la mañana, nos encontramos en la puerta de
la policlínica. Trae un paquetito envuelto en discreto papel verde.
“Extracciones
y Análisis: Primer piso”
La
recepcionista a la cual entrega el envoltorio lo invita a pasar en el gabinete
de las muestras de sangre. (Lo sigo como perro faldero.)
Tras
las indicaciones de la enfermera se alarga sobre la camilla. Me encargo de
descubrirle el brazo y antebrazo. Consabido tubo de goma., ¡afuera el aire de
la jeringa!
-Está
en ayunas, ¿no?
-Es mi
estado habitual.
Por más
que la enfermera tense el torniquete, las venas no surgen. “Venas escondidas y
para colmo saltarinas”- mastica la de blanco. La enfermera al rojo turbulento
no consigue sacarle nada coloreado de las venas. “Porque no dejamos para más
tarde la muestra de sangre, enfermera…Mi amigo está algo desacostumbrado a estos
bretes, compréndalo, es la primera vez…”
La
mujer captó al vuelo mi idea y aprobó de mil amores postergarle las estocadas.
En la
puerta del laboratorio la recepcionista del envoltorio verde nos esperaba de
mal talante. Le devuelve el frasco desenvuelto y vacío. “Esto no tenía nada.
¿Trajo aire? Aquí no estamos para perder el tiempo, ¿sabe?
-Es que
voy a morir…discúlpeme, señorita, compren…
Yo a punto
de perder el buen humor.
-Cómo
vas a morirte dentro de una policlínica, pavote. Vení, vamos al cuarto piso, a
radiología. ¿Para qué te recomendé tanto y por escrito cómo juntar la orina?
-Quise
complacerte, pero es imposible llevarle la contraria a nuestra naturaleza: yo
no orino en absoluto, ¿entendés?
-¿…?
Después
de la insalvable espera, queda en manos del radiólogo.
Trabaja
a brazo partido el hombre detrás de la máquina. Multiplica placas, cambia
posiciones.
Cerca
del mediodía, tras otra buena tajada de espera, el radiólogo nos llama (varios
médicos más jóvenes nos observan como si fuéramos bichos raros). Explica que
las placas no han demostrado nada. Arriesgo, calculada camorra:
-¿No
estará trabada la máquina, ¿doctor?
-El
trabado es ése…ése…ése -señala con furia
a mi amigo.
Llenos
de incertidumbre, diría que rabiosos- los hijos de Hipócrates atrapan mi amigo.
“Vamos
a revisarle todo: Pulmones, corazón…hasta el último de los “meticulositos”,
todo, ¿entendió?:
respirecorazón…notosa…suturnodoctor…norespire…suturnodoctor…colaboretosa…suturnodoctor…respiretosa…silencioosa
tosa…suturnodoctor…respiretosa…colaborenotosrespirenorespire…suturnodoctor…”
Han
llamado de urgencia al director de la
policlínica y a colegas de otras especialidades…y a la televisión.
De
tanto revuelo, comprimo en limpio: Según ellos
“en el caso no se revela, no se demuestra, la existencia de órganos
vitales dentro de la caja torácica ni en ninguna otra parte del cuerpo”.
Mi
amigo, sentadito en la camilla, sin ira ni zapatos, en calzoncillos, afirma
mansamente:
-No
puedo esperar más, mi plazo ya está completo. He aprendido a retirarme sin
tristezas: lo siento por el tiempo que te hice perder. Gracias, amigo, gracias.
Y la
sala que chorrea de timbrazos, médicos a las corridas, bochinche y aparatos que
aparecen y desaparecen. Y mi amigo pálido que se volatiliza como el alcanfor.
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