“Dame un día feliz, un día claro, lleno de paz y amor, un día leve…” Godofredo Lazcano Colodrero
Despierto a las seis de la mañana (una hora más temprano que de costumbre) dispuesto a levantarme de la cama sin remolonees. Lúcido, como si hubiera desalojado el cansancio, dedico media hora a la lectura del diario y media más a la gimnasia antes del baño y del desayuno. Me siento renovado: de pronto he descubierto fuentes de energía y de luz que tenía archivadas dentro de mí.
Las horas de la mañana, que por lo regular me parecen tan escurridizas, transcurren con el “tempo” que yo deseo que tengan. Me sobran minutos y proyectos. Incluso reservo un rato para acercarme a la mínima biblioteca y separar algunos volúmenes, tenerlos a mano. Si hasta parece que de ojearlos y tocarles el lomo ya los acabo de leer. Antes de salir de mi departamento de hombre solo (un ambiente, baño y cocina son suficientes) se desliza debajo de la puerta un sobre alargado. Aquello que tanto había deseado meses atrás y que- por otra parte- ya daba por sobreseída toma realidad. El diario tan importante (un amigo me hubo instado a enviar unos escritos) publicaría alguno de mis cuentos. Quieren conocerme.
El portero esa mañana me saluda cordialmente (“¿encontró el sobre?”) diría que afectuoso; le contesto de igual modo. Quedan en olvido viejas ironías. Día otoñal esplendoroso, nada de nubarrones ni remolinos. El colectivo llega sin retrasos y el tercer asiento de la derecha que nunca podía ocupar está a mi disposición.
Llego a la oficina de PROPINCUA, S.A.C-I.- veinte minutos de anticipación- dispuesto a prepararme el trabajo del día con serenidad, ante que cayeran en aluvión corredores y cobradores, agobiados de tedio y de cansancio. El gerente general como buen gato astuto anda de ronda. Me descubre desde un ángulo del salón oscuro, y sin que yo pudiera evitarlo viene en derechura a mi escritorio. Estoy dispuesto a paliar su homilía; pero esa mañana, ¡esa mañana!, tan contento como yo me comunica la novedad:
-Vea, F., usted lleva largos años de galeote, braceando contra los inertes y malhumorados; así que desde mañana, ¡basta!: PROPINCUA, S.A.C.I., lo ha designado mi secretario adjunto; tendrá escritorio especial dentro de mi oficina, ¿qué le parece?
Agradezco con buenas palabras. También le comunico la cuestión del diario.
-Vea, F., esa nota del diario me da la razón. Yo siempre lo defendí, aunque usted no lo sabía. Vaya nomás al diario y no se nos achique: El gerente general de PROPINCUA, S.A.C.I., le da permiso.
- Sabe, señor: ¡no se imagina la felicidad que me serpentea por todo el cuerpo! Yo pedí tanto, tanto un día…que…
-No se achique, secretario. ¿Ahora, qué? ¿Va a decirme que lo curaron del mal agüero? Yo no creo en esas alilayas. Usted se lo merece, eso es todo. Vaya al diario.
El nuevo edificio del diario es flamante; aunque el diario, viejísimo. Mucho metal reluciente, plásticos, ascensores supersónicos, botones titilantes, flechas orientadoras. Medias palabras a través de micrófonos empotrados, estratégicamente distribuidos, no podía extraviarme de ninguna manera. Son muy amables conmigo. Se interesan vivamente por mis trabajos y acerca de mis inclinaciones literarias, y quedo invitado a colaborar eventualmente, siempre y cuando mantuviera la calidad de la muestra; porque ampliaban la sección literaria…; querían dar cabida a los desconocidos. Mientras el encargado de la sección se muestra tan solícito mi alegría sigue creciendo, diría que desbordándose, pero no porque mi nombre fuera a quedarse preso en el papel al pie de un cuento. Sentí una estocada en el ganglio del alma que me indicaba que tal distinción no era necesaria, que ya la daba yo por bien cumplida. Así que agradecí al encargado la deferencia que habían tenido hacia mi persona, y le pedí que destruyeran o archivaran (según fuera mejor) los cuentos, motivo de la entrevista. Yo no quería que los publicaran. Me despedí de ese simpático hombre lo mejor que pude. No supo qué contestarme.
En la calle, mucho más libre que otras veces, casi empiezo a correr. Quizá la libertad poco o nada tenga que ver con los movimientos físicos, pero tenía el cuerpo ágil y el espíritu leve. Las calles me producen cierto asombro desacostumbrado. Ya no me parecen palancas que unidas, allá a lo lejos, están listas para triturarme. Las veo flexibles, anchas, inocentes. Y mientras camino sin incomodidades noto que la sangre llena mis libertades.
En la compañía, inevitable, desato el paternal mal genio del gerente cuando se entera de mi actitud en el diario.
-Discúlpeme, F., pero se portó como un chambón. Tanto esperar, tanto garrapatear, tantas consultas al mataburro y a los clásicos, para venir a encogerse como una cretona cualquiera ante el encargado de literarias.
-No, gerente, no me encogí; me di cuenta, me doy cuenta súbitamente de que tener el don es ya bastante, para mí lo demás se dará por añadidura.
-¡Por qué no aceptar la añadidura, aceptemos también la sabrosa añadidura!!
-¡Eso es, precisamente, lo que no necesito!
-¡Bah! Vaya que se me ha vuelto raro y difícil… Haga según le parezca. Espero no haberme equivocado nombrándolo mi secretario adjunto.
La sorpresa total la tengo reservada para mañana: no aceptaré ser el secretario adjunto. Es un puesto codiciado por los empleados de la empresa, lo sé, pero no lo necesito ya. Lo tomará otro más acuciado que yo, con más ambiciones. (También debemos ser dignos de las ambiciones.) Mientras tanto- no pude evitarlo- mis compañeros puestos en los casos por el gerente general de mi súbita “buena suerte”, empezaron a rodearme, amistosamente. Recibo felicitaciones por el nombramiento y no saben qué argumentar para que yo cambiara de parecer en el episodio de la publicación. Eso dura un cuarto de hora, hasta que el timbrazo de la gerencia pone las cosas en su lugar. Noto que Armonía-una compañera- deja discreto papel doblado sobre mi escritorio. Simpatizamos. Armonía es el ídolo de PROPINCUA S.A.C.I.: tenemos vetado expresamente seducirla, porque es considerada la Palas Atenea de la compañía. La protectora. Desdoblo el papel: “Hoy te amo más que nunca. A.” La confesión es digna de envalentonar el corazón de un héroe. En mi caso serviría de acción de gracias para el amor de un hombre feliz, y esto dicho con la más valiente humildad. Devolvería el billetito en el momento oportuno.
Durante el día no tuve motivos para irritarme contra ninguno. El público nunca antes me parece tan simpático y moderado. Presiento que el “amaos los unos a los otros” no sería fruto tan sideral, sino próximo. Durante aquel día se cumple en mí aquello que el poeta escribió: “Dios es mi amigo. Al corazón le pongo por testigo, sin una espina que lo hiera.”
Los ojos de Armonía se ponen atristados unos segundos cuando alcanzo a devolverle el papel. Le confesé en un fugaz aparte que yo también la amaba; pero con la libertad que había quebrado el “ghetto” de lo personal; que ya no éramos yo-tú-ni-mío-tuyo. ¡Y ya empezaba a entenderlo todo! Armonía es inteligente y doblemente bella porque no tolera el amor propio. Estuvo a mi lado sin sombras de rencor cuando después del horario me invitaron a una copa para celebrar mi nombramiento de secretario adjunto. No quise desbaratarles las amabilidades confesándoles por adelantado que no aceptaría el nombramiento. Participo de la alegría y brindo como el caballero borgoñón “por la seguridad de la inseguridad”. Alguien tiene esta salida: “No irás a morirte, ¿eh?, justo ahora que vamos a tener un secretario macanudo”. “Hasta mañana”. “Adiós.
Camino frente a la realidad, claramente misteriosa; pero libre, feliz. Quiero decir que, para mí, ese día es tan amplio y resplandeciente y nuevo como las palmas del cielo. MI departamento me parece sosegado y espiritual; nada de ruidos ni entrechocar de iras; mi rededor de cuatro paredes tiene enormes encantos. Todo parece digno de los hombres: La electricidad, el agua corriente, esos alimentos enlatados, el detergente, esa inmortal novela, la televisión; la caja de aspirinas, el reló…, el tiempo. Y lo comprendo resumido; porque me ha nacido esa comprensión nueva de las cosas y del hombre. Es un banquete que puede ser descripto con otro tacto y debe ser cantado mediante otros ojos, dentro del cual se puede permanecer en otro espacio. Aprendo en la levedad de un suspiro a no temerle ni a la vida ni a la muerte.
Testimonio de sus compañeros:
“Ante la obstinada ausencia de F. emprendimos las averiguaciones del caso. `Entró en su departamento y ninguno lo vio salir nunca más`- nos dijeron. Sin embargo en el transcurso de estos años varios de nosotros lo hemos visto en los lugares más impensados. A manera de relumbrones-apenas instantes- nos saluda de lejos; quizá articula dos o tres palabras, una mirada centellante, una actitud feliz y desparece, hasta…”
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