Tener dinero y encontrarse ante
el impedimento de transformarlo en poder es ironía. Porque el dinero, desde mi
punto de vista es “la” varita mágica; y
aquél que no sabe usarlo como un don divino debe ser considerado menos que un
pobre millonario. Quise demostrarles (por una parte) a los millonarios pánfilos
que acumular moneda por acumularla es un
mecanismo de obtusos; y (por otra parte) frente a los moralistas de siempre-que
consideran el dinero como instrumento de perdición - pretendí probar la
espiritualización de la moneda. Sostengo, pues, que el metálico es el único
camino práctico para cambiar la naturaleza de nuestras mediocridades.
Guiado por tales premisas y de
acuerdo con las leyes civiles decidí elevarme, mediante la moneda, por sobre
los adocenados de ambos bandos. Para el logro palpable de mis hipótesis es
necesario que los principios sean inculcados científicamente. Dicho en otras
palabras: la educación, la venerable “Paideia”, debe prestarme todo los
argumentos y sus tesoros pedagógicos. Consecuencia: instituyo la carrera de
Presidente de la Nación. (Acaso, mediante otra terminología y distinto
razonamiento, no lo intentó el mismísimo Platón en su venerable República;
pero-claro está- sin mis recursos monetarios). Es en verdad incomprensible y arbitrario
que, habiendo carreras y títulos para casi todo, no exista el título de
Presidente de la Nación, otorgado por una acreditada casa de estudios. Así como
se forma el soldado, o se infesta al ladrón, o se pule el aristócrata, estimo
desde todo punto de vista natural, es decir, ordenado a la razón, que se modere
y modele científicamente a los futuros presidentes.
Está a la vista de cuántos
quieren verlo que, hasta el momento en que yo tuve la luminosa idea de la
sistematización de la carrera presidencial, cualquier rastacueros o aparecido
podía aspirar a la dirección de los destinos y de las fortunas de los hombres.
La presidencia se había transformado en una suerte de lotería cuyo número
premiado podía caer-y con harta frecuencia caía-en mentes malvadas o en manos
sin mente. Como mi plan presidencial no era una simple bisoñada, sino que ya
estaba en sazón hasta en las comas y las tildes, tenía previstas, por lo tanto,
las lógicas resistencias que levantaría en el ánimo de los aventureros su
simple anunciación. Hubo violentas diatribas hacia mi persona; se me acusa de
todo en nombre de principios existentes e inexistentes; he soportado,
estoicamente el aluvión, como corresponde a los reformadores de raza, los
auténticos. Porque sabía que la razón y… el dinero estaban de mi lado, monté una demoledora propaganda escrita y
televisiva; hablé más que persuasivamente a mis colegas millonarios; viajé por
el orbe sembrando la semilla de mis ideales; edité los programas completos de
la enseñanza presidencial.
La primera muestra del buen
éxito de mis ideas la tuve cuando llamé a concurso, a fin de estampar los
textos de las materias que se impartirían a los futuros presidenciables. El llamado a concurso-decía-para la selección
de los textos a través de los cuales estudiarían los futuros presidentes,
resultó sensacional. Los manuscritos que se amontonan sobre mis escritorios son
incontables y de tantas páginas y de tal versatilidad temática que de seguro ni
diez vidas me alcanzarían para leerlos y
digerirlos. En consecuencia, recurro al auxilio de las máquinas computadoras, a
fin de que sin fatigas ni injusticias aquéllas seleccionaran los textos más
adecuados. Pese a la diligencia de las máquinas el concurso de los libros se
traga dos años. Mientras tanto, me aboqué a otras cuestiones de no menos
importancia. El edificio para instalar la facultad; contratación del personal
no docente…; en fin, el maremagno burocrático, pero inevitable por otra parte,
que pondría en movimiento el singular cuerpo por mí creado. Como no hay
antecedentes al respecto debo inventarlo todo “ad hoc”, desde la simple hoja
para notificaciones hasta la compleja planilla de horarios y liquidaciones de
emolumentos por percibir los profesores y yo. En la descripción pormenorizada
de este árido aspecto de mi invención no quiero pecar de aburrido;
prudentemente, plantemos sobre el tema prolegómenos un punto y aparte.
En posesión de los textos que
las máquinas escogieron, después de
numerosas insaculaciones, llevo a la práctica el otro paso u objetivo previsto. Llamado a
concurso de profesores. Esto (según mis cálculos) produce conmoción. Creo que
sobrepasa largamente el anterior tumulto de los libros. En el caso de los profesores,
se dan cita rozagantes veinteañeras (ignoro qué materia enseñarían a los
futuros presidentes) sofocadas cincuentonas, chirles jubilados, seductores
desocupados, plomizos filósofos de cafetín…; todos, todas, imbuidos del
fervoroso deseo didáctico por la patria. Al principio, consciente del valor que
significa la posesión de un depurado cuerpo de profesores, atiendo,
personalmente una tras otro a los postulantes; pero un par de meses amordazado
entre semejantes menesteres, pusieron en peligro mi salud física y mental. Por
tanto, según prescripción médica, decidí que me remitieran unas líneas-especie
de currículo- acompañadas de la correspondiente fotografía. (Excepto yo, creo
que ninguno posee una colección de desnudos femeninos tan profusa y variada
como la que me han remitido las postulantes.) Pese a lo delicado del tema,
merced a la ayuda de un batallón de grafólogos y otro de “fisonomistas”, pude
integrar, al fin, un notable equipo de profesores.
De acuerdo con mis conjeturas la
mayoría de los docentes resultaron ser expresidentes, candidatos malogrados,
secretarias privadas y prebostes venidos a menos. Es edificante comprobar lo
humildes y serpientes que se tornan los exmandatarios
cuando se los derroca dos o tres veces. Pero nuevamente, sin quererlo, me alejo
del tema medular; son digresiones, aunque interesantes, secundarias respecto de
mi trascendental descubrimiento.
Cada una de las etapas de mi proyecto
estuvo precedida-según dije- de adecuada maduración psicológica y mortífera
propaganda. Por consiguiente, sobre mi persona permanecía, tenso, un interés
superlativo. Los diarios no se cansaban de comentar largamente cada una de mis
palabras, mientras que la radiotelefonía y la televisión ya me habían agotado
la paciencia solicitándome de continuo entrevistas y spots.
Cuando pondero que el momento
óptimo ha llegado, descargó otro golpe maestro: “La Facultad de Presidencia y Ciencias Afines”, inicia,
primero, el período de inscripción; y, después, los cursos regulares. El fervor
con que los jóvenes alumnos inician la carrera presidencial es digno de
meditarse. Algo profundo, un estro místico, que se acerca al apostolado, les
inspira cualquier tipo de sacrificios. Viven y piensan como si estuvieran
poseídos de un santo ardor redentorista. ¡Ah, la juventud!... ninguno ha
conmovido a la juventud-desde muchísimas décadas atrás – como lo hace mi aguijón presidencial.
Reitero: no puedo estancarme en
la descripción de pormenores adventicios de la carrera, baste saber que el curso
completo dura seis años más dos optativos a fin de lograr el doctorado, previa
presentación de la tesis. Otorgamos dos títulos complementarios: “licenciado en
ciencias presidenciales” y “doctor presidente” (ambos habilitantes para ejercer
la primera magistratura). Los cursos son teóricos y prácticos; estos
últimos-obligatorios, que comienzan en el quinto año y culminan en el octavo-
al principio se llevan a cabo en las industrias privadas, o en fábricas, o en
baldíos (previo arrendamiento) o bien dentro de todas aquellas actividades
donde otros admiten que se piense por ellos, además de ser necesaria una mente
creadora y equilibrada y valiente al mismo tiempo.
Por intermedio de mis
vinculaciones, tan vastas, algunos millonarios que seguían con buenos ojos mis
proyectos, permitieron que por período de seis meses los futuros licenciados
presidentes quedaran al frente de sus industrias, es decir, las presidieran con
poder ejecutivo. Resultado: el 90% de los casos los negocios casi concluyen en
la quiebra; acerca del 10% restante no puedo expedirme con absoluta certeza,
por cuanto mis alumnos han sido ignominiosamente arrojados por la ventana más
alta del edificio correspondiente, aunque no debemos lamentar víctimas fatales.
Estas verdades-que otra conciencia menos escrupulosa habría escamoteado por
considerarlas deméritos- yo las expongo
de cara al sol, porque ése, el desastre, era el resultado previsto y lógico.
¿Qué pretendían los cazurros millonarios? ¿Qué un muchacho (culto sin duda) de
veintitantos años los hicieran más opulentos aún? Entiéndase de una vez por todas:
saber gobernar no significa que todos o muchos deban convertirse en potentados.
(Por otra parte, es preferible equivocarse en el gobierno de un negocio antes
que en el gobierno de una nación.) Pagué, entonces, crecidas indemnizaciones a
los perjudicados colegas, que ya se imaginaban en el umbral de la miseria; pero
pagué gustosamente, por cuanto la práctica había sido verdadera. Es
indispensable persuadirse: Aquél que aspira a ser el primer magistrado de los
hombres debe saber por adelantado cosa es el fracaso. Es concurrente saber
también que mis erogaciones estaban avaladas en todos los casos mediante
sólidas cauciones, sobre los bienes muebles e inmuebles de los padres y abuelos
de mis alumnos.
Al fin, después de ocho años de
duros estudios, egresa de mi Facultad de Presidencia y Ciencias Afines la
primera hornada de primeros magistrados: 500 jóvenes sólidamente preparados
para las tareas del gobierno que, de inmediato, abandonan el país rumbo a la
Atlántida. Dividirían, imaginariamente, la isla sumergida en 500 parcelas de la
manera más equitativa y posible; y allí, lejos de influencias distorsionantes,
a practicar sin cortapisas las presidencias. Esta confederación o liga de
reducidos estados (llámesela como se quiera) que mucho recuerda a la ateniense,
se mostraría a las demás naciones como el paradigma del arte de gobernar. Es
palpable que el gobierno no es el arte de la conveniencia, sino la conveniencia
del arte, es decir, el fruto científico de la inteligencia dirigida por la
ética. Yo, alma, motor y genio del proyecto, doy (presto) además, dinero (que
luego cobro según lo dicho) para la travesía y les prevengo de las desilusiones;
pero los presidentes están dispuestos a todo, incluso el martirio. No tenemos noticias
ciertas sobre la suerte corrida por esta primera expedición, pero estoy seguro
de que les ha ido magníficamente.
La segunda tanda de diplomados
sale a la búsqueda de Tarsis y Ophir, las fabulosas ciudades mencionadas por
Salomón en el libro de los Reyes, ciudades que no fueron ubicadas por ninguno
de los grandes almirantes de Carlos V, pese a intensas búsquedas. Nuevamente yo
brindo abundancia de apoyo monetario (que pronto me es restituido) y espiritual
(que algún día me será pagado). La expedición se internó en el mar de las
Antillas y, mes por mes, envía pormenores de sus investigaciones. Gobiernan,
desde los barcos, 200 millas marinas hacia el este y 200 hacia el sur, hasta
tanto aparezcan las ciudades perdidas. El futuro que les inspira es sin duda
espléndido.
Las sucesivas promociones de
primeros magistrados con patente-en vista de que no había” a la vista” más
tierras perdidas, y ante el costo prohibitivo de ir a la Luna- los presidentes
diplomados, digo, deciden, previa autorización de mi parte, quedarse en el
país, después que varios jóvenes
mandatarios ofrecen sin éxito sus desinteresados servicios en el exterior.
En los años siguientes el
ingreso a la facultad debe ser ajustado mediante fuertes restricciones para
evitarme la inundación de los aventureros. Hubo, desde luego, intentos de
competencia; pero mi prestigio no admitía parangones de ninguna naturaleza. Han
fracasado estruendosamente. Todos, entiéndase bien, todos, querían ingresar en
mi alta casa de estudios, así debieran esperar una vida; y conste que mis
aranceles y programas de estudio son los más caros y difíciles,
respectivamente.
Hemos parcelado (se entiende que
nominalmente, en el papel) el país íntegro, en manzanas, tal como hizo en los
comienzo de nuestra historia don Juan de Garay; y en las manzanas destinamos a
los presidentes a gobernar y a los
alumnos de los últimos años para que practiquen, según gusto y placer. Los
presidentes gobiernan instalados desde una mesa de café o más naturalmente
desde la plaza pública más cercana. Suprimido, como es fácil entender, todo
tipo de protocolo y burocracia, el presidente de manzana y los alumnos saben de
“visu” las necesidades y deficiencias de sus parcelas.
Las autoridades constituidas, las
que en realidad gobiernan de hecho y derecho-según la Constitución Nacional-
nos observan de soslayo, a veces creo entender que malhumorados, por causa de
nuestra elevada crítica (la crítica siempre es elevada) nosotros no censuramos,
criticamos (es importante el distingo). Tal vez porque no comprometemos orden
alguno, ni transgredimos leyes escritas,
sólo se molestan cuando la prensa independiente, haciéndose eco de nuestras
críticas, nos apoya; pero, en verdad no nos molestan mayormente: nos califican
más bien como una suerte de chiflados inofensivos (que Dios los perdone).
Además, ¿quién no tiene en la familia estudiantes, inscriptos, o aspirantes a ingresar en mi casa de
estudios?... Los conflictos-admitamos que la palabra es un tanto excesiva- se
han originado, de acuerdo con mis vaticinios, en los hogares de aquellos
egresados que decidían hacer sus primeras armas (experiencias) en el seno de la
propia familia. En estos casos si hubo escándalos, peleas verbales y de
pancracio, abundancia de contusos y alguna que otra bala perdida. Según el humor
bilioso de los editorialistas debí soportar la condena inconsecuente de la
prensa que tantas veces me alabó en mi empresa.
Pese a que todas las parcelas
nominales del país están provistas de presidentes diplomadas, ninguno de éstos
ha llegado a ser presidente legal, o sea, que ninguno ha surgido todavía de las
llamadas elecciones. ¡Ironía de la historia! El presidente constitucional se
titula así sin serlo científicamente, sin haber estudiado en ninguna facultad;
mientras que los diplomados, aquéllos que tienen concepto universitario de la
primera magistratura, deben vegetar en invernadero, viendo languidecer robustas
ideas, escritas en el papel. La verdad, fácilmente advertirle, es desde luego
muy otra. La República, de ser subdividida en muchísimas manzanas verdaderas,
dotadas de personería jurídica, admirablemente bien administradas por mis
presidentes científicos, alcanzarían niveles de bienestar insospechables;
mientras que la República gobernada por un presidente surgido del voto llamado
democrático, según métodos anacrónicos, languidece por la incompetencia
sacrosanta.
Sistemáticamente, diría que
premeditada componenda, mis presidentes son eliminados no sólo de la primera magistratura,
también resultan vetados de los cargos ministeriales y de todo puesto de importancia,
aunque fuere relativo, que signifique la introducción del método científico,
verdadero arte al fin dentro de la chapucería del desgobierno que se practica.
¡La verdad, sin duda, es temible!
En consecuencia, ante tal estado
de cosas, frente a tamaña “discriminacitez” (vocablo que acuño para sintetizar
los conceptos de injusticia y estupidez) lanzó el golpe revolucionario contra
la timocracia y la zoocracia prostituidas: la Facultad de Presidencia y
Ciencias Afines propone formalmente mi candidatura para las próximas
elecciones.
Hubo un momento de estupor, ante
la sorpresiva jugada política digna de un maestro de Maquiavelo; pero reacciona
la prensa (tan versátil siempre) y me apoya en toda la línea (cierto que el
apoyo tiene precio, que pagan gustosamente mis entusiasmados alumnos). Viajo
por todas las manzanas nominales por mis fundadas. Soy recibido como el mesías
de la política, el enviado de los dioses. Los presidentes diplomados comprenden
mi sacrificio, pero hay que admitirlo, es la única vía posible y probable para
que mis ideas tengan desarrollo y vigencia. Los partidos políticos llamados
tradicionales no hacen más que repetir lo que siempre han hecho ante los
políticos geniales: vacilar. Sólo se les ocurre atacarme con huevos podridos y
energuménicos discursos de barricada.
Los actos públicos en apoyo a mi candidatura presidencial alcanzan contornos
apoteótico y, al mismo tiempo, capciosos; porque también buscan refugio bajo
mis alas divinas los torvos enemigos del pasado. Pero yo los aceptó con la
sonrisa del diplomático incorruptible que, sabido es, admite distintas
interpretaciones.
Tranquilizo a mis alumnos-a los
más inflexibles- y les hago comprender, prácticamente, la mayor de las
lecciones políticas: prudencia dentro de la armonía. El arrepentimiento de los
descarriados es noble moneda, nada desechable por cierto. Todo converge y se
dirige a mí. Sol político intentan
llamarme; pero como ya hubo un Rey Sol,
rechazo la denominación y me inclino por la de “Ibis Espeférico”, el enviado
total, que espera y llega hasta cualquiera de los meridianos, aquél que también
abarca y sabe apretar como ecuador perfecto el abdomen de los glotones.
A la larga, desvanecidas las
intrigas, recibo apoyo unánime. Las asechanzas y las acechanzas resultan
despreciables acuerdos quebrados fácilmente ante mi superior empuje. Pacto,
uno, religo desacuerdos; y todos se admiran de mi sapiencia científica. Mis
alumnos declaran que jamás se ha dado tal soberana lección magistral de
política matemática. Y tienen toda la razón del mundo.
Ya soy el Presidente legal de la nación. El triunfo ha sido más que
abrumador. Mis rivales apenas si han sobrevivido pulverizados, supongo que por
largos años. Algún día comprenderán los míos, aquéllos a quienes tanto amo, la
verdadera hondura de mi sacrificio.
Por el bien de los otros, por el bien general-ecuménico diría, meta
suprema de los gobiernos- las primeras providencias por mí dictadas son las
siguientes:
Articulo 1. Clausúrese la agrupación autodenominada Facultad de
Presidencia y Ciencias Afines, dentro de las 24 horas; quedan caducados los apócrifos diplomas allí otorgados, desde la fecha de la inauguración hasta el
día del presente Decreto.
Artículo 2. Quedan abolidas las manzanas nominales adscritas a la agrupación
derogada en el Artículo1; quedan
igualmente sin efecto los cargos anexos a la artificiosa parcelación
territorial.
Artículo3. Los casos de rebeldía, resistencia, oposición o simple
manifestación oral en contrario al
artículo1 y artículo 2 serán reprimidos
mediante la pena capital-fusilamiento-.
Articulo4.De forma…
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