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sábado, 9 de mayo de 2015

FACULTAD DE PRESIDENCIA Y CIENCIAS AFINES


Tener dinero y encontrarse ante el impedimento de transformarlo en poder es ironía. Porque el dinero, desde mi punto de vista  es “la” varita mágica; y aquél que no sabe usarlo como un don divino debe ser considerado menos que un pobre millonario. Quise demostrarles (por una parte) a los millonarios pánfilos que acumular moneda por acumularla  es un mecanismo de obtusos; y (por otra parte) frente a los moralistas de siempre-que consideran el dinero como instrumento de perdición - pretendí probar la espiritualización de la moneda. Sostengo, pues, que el metálico es el único camino práctico para cambiar la naturaleza de nuestras mediocridades.
Guiado por tales premisas y de acuerdo con las leyes civiles decidí elevarme, mediante la moneda, por sobre los adocenados de ambos bandos. Para el logro palpable de mis hipótesis es necesario que los principios sean inculcados científicamente. Dicho en otras palabras: la educación, la venerable “Paideia”, debe prestarme todo los argumentos y sus tesoros pedagógicos. Consecuencia: instituyo la carrera de Presidente de la Nación. (Acaso, mediante otra terminología y distinto razonamiento, no lo intentó el mismísimo Platón en su venerable República; pero-claro está- sin mis recursos monetarios). Es en verdad incomprensible y arbitrario que, habiendo carreras y títulos para casi todo, no exista el título de Presidente de la Nación, otorgado por una acreditada casa de estudios. Así como se forma el soldado, o se infesta al ladrón, o se pule el aristócrata, estimo desde todo punto de vista natural, es decir, ordenado a la razón, que se modere y modele científicamente a los futuros presidentes.
Está a la vista de cuántos quieren verlo que, hasta el momento en que yo tuve la luminosa idea de la sistematización de la carrera presidencial, cualquier rastacueros o aparecido podía aspirar a la dirección de los destinos y de las fortunas de los hombres. La presidencia se había transformado en una suerte de lotería cuyo número premiado podía caer-y con harta frecuencia caía-en mentes malvadas o en manos sin mente. Como mi plan presidencial no era una simple bisoñada, sino que ya estaba en sazón hasta en las comas y las tildes, tenía previstas, por lo tanto, las lógicas resistencias que levantaría en el ánimo de los aventureros su simple anunciación. Hubo violentas diatribas hacia mi persona; se me acusa de todo en nombre de principios existentes e inexistentes; he soportado, estoicamente el aluvión, como corresponde a los reformadores de raza, los auténticos. Porque sabía que la razón y… el dinero estaban de mi lado, monté  una demoledora propaganda escrita y televisiva; hablé más que persuasivamente a mis colegas millonarios; viajé por el orbe sembrando la semilla de mis ideales; edité los programas completos de la enseñanza presidencial.
La primera muestra del buen éxito de mis ideas la tuve cuando llamé a concurso, a fin de estampar los textos de las materias que se impartirían  a los futuros presidenciables.  El llamado a concurso-decía-para la selección de los textos a través de los cuales estudiarían los futuros presidentes, resultó sensacional. Los manuscritos que se amontonan sobre mis escritorios son incontables y de tantas páginas y de tal versatilidad temática que de seguro ni diez  vidas me alcanzarían para leerlos y digerirlos. En consecuencia, recurro al auxilio de las máquinas computadoras, a fin de que sin fatigas ni injusticias aquéllas seleccionaran los textos más adecuados. Pese a la diligencia de las máquinas el concurso de los libros se traga dos años. Mientras tanto, me aboqué a otras cuestiones de no menos importancia. El edificio para instalar la facultad; contratación del personal no docente…; en fin, el maremagno burocrático, pero inevitable por otra parte, que pondría en movimiento el singular cuerpo por mí creado. Como no hay antecedentes al respecto debo inventarlo todo “ad hoc”, desde la simple hoja para notificaciones hasta la compleja planilla de horarios y liquidaciones de emolumentos por percibir los profesores y yo. En la descripción pormenorizada de este árido aspecto de mi invención no quiero pecar de aburrido; prudentemente, plantemos sobre el tema prolegómenos un punto y aparte.
En posesión de los textos que las máquinas  escogieron, después de numerosas insaculaciones, llevo a la práctica  el otro paso u objetivo previsto. Llamado a concurso de profesores. Esto (según mis cálculos) produce conmoción. Creo que sobrepasa largamente el anterior tumulto de los libros. En el caso de los profesores, se dan cita rozagantes veinteañeras (ignoro qué materia enseñarían a los futuros presidentes) sofocadas cincuentonas, chirles jubilados, seductores desocupados, plomizos filósofos de cafetín…; todos, todas, imbuidos del fervoroso deseo didáctico por la patria. Al principio, consciente del valor que significa la posesión de un depurado cuerpo de profesores, atiendo, personalmente una tras otro a los postulantes; pero un par de meses amordazado entre semejantes menesteres, pusieron en peligro mi salud física y mental. Por tanto, según prescripción médica, decidí que me remitieran unas líneas-especie de currículo- acompañadas de la correspondiente fotografía. (Excepto yo, creo que ninguno posee una colección de desnudos femeninos tan profusa y variada como la que me han remitido las postulantes.) Pese a lo delicado del tema, merced a la ayuda de un batallón de grafólogos y otro de “fisonomistas”, pude integrar, al fin, un notable equipo de profesores.
De acuerdo con mis conjeturas la mayoría de los docentes resultaron ser expresidentes, candidatos malogrados, secretarias privadas y prebostes venidos a menos. Es edificante comprobar lo humildes y serpientes que se tornan los  exmandatarios cuando se los derroca dos o tres veces. Pero nuevamente, sin quererlo, me alejo del tema medular; son digresiones, aunque interesantes, secundarias respecto de mi trascendental descubrimiento.
Cada una de las etapas de mi proyecto estuvo precedida-según dije- de adecuada maduración psicológica y mortífera propaganda. Por consiguiente, sobre mi persona permanecía, tenso, un interés superlativo. Los diarios no se cansaban de comentar largamente cada una de mis palabras, mientras que la radiotelefonía y la televisión ya me habían agotado la paciencia solicitándome de continuo entrevistas y spots.
Cuando pondero que el momento óptimo ha llegado, descargó otro golpe maestro: “La Facultad de  Presidencia y Ciencias Afines”, inicia, primero, el período de inscripción; y, después, los cursos regulares. El fervor con que los jóvenes alumnos inician la carrera presidencial es digno de meditarse. Algo profundo, un estro místico, que se acerca al apostolado, les inspira cualquier tipo de sacrificios. Viven y piensan como si estuvieran poseídos de un santo ardor redentorista. ¡Ah, la juventud!... ninguno ha conmovido a la juventud-desde muchísimas décadas atrás – como lo hace  mi aguijón presidencial.
Reitero: no puedo estancarme en la descripción de pormenores adventicios de la carrera, baste saber que el curso completo dura seis años más dos optativos a fin de lograr el doctorado, previa presentación de la tesis. Otorgamos dos títulos complementarios: “licenciado en ciencias presidenciales” y “doctor presidente” (ambos habilitantes para ejercer la primera magistratura). Los cursos son teóricos y prácticos; estos últimos-obligatorios, que comienzan en el quinto año y culminan en el octavo- al principio se llevan a cabo en las industrias privadas, o en fábricas, o en baldíos (previo arrendamiento) o bien dentro de todas aquellas actividades donde otros admiten que se piense por ellos, además de ser necesaria una mente creadora y equilibrada y valiente al mismo tiempo.
Por intermedio de mis vinculaciones, tan vastas, algunos millonarios que seguían con buenos ojos mis proyectos, permitieron que por período de seis meses los futuros licenciados presidentes quedaran al frente de sus industrias, es decir, las presidieran con poder ejecutivo. Resultado: el 90% de los casos los negocios casi concluyen en la quiebra; acerca del 10% restante no puedo expedirme con absoluta certeza, por cuanto mis alumnos han sido ignominiosamente arrojados por la ventana más alta del edificio correspondiente, aunque no debemos lamentar víctimas fatales. Estas verdades-que otra conciencia menos escrupulosa habría escamoteado por considerarlas  deméritos- yo las expongo de cara al sol, porque ése, el desastre, era el resultado previsto y lógico. ¿Qué pretendían los cazurros millonarios? ¿Qué un muchacho (culto sin duda) de veintitantos años los hicieran más opulentos aún? Entiéndase de una vez por todas: saber gobernar no significa que todos o muchos deban convertirse en potentados. (Por otra parte, es preferible equivocarse en el gobierno de un negocio antes que en el gobierno de una nación.) Pagué, entonces, crecidas indemnizaciones a los perjudicados colegas, que ya se imaginaban en el umbral de la miseria; pero pagué gustosamente, por cuanto la práctica había sido verdadera. Es indispensable persuadirse: Aquél que aspira a ser el primer magistrado de los hombres debe saber por adelantado cosa es el fracaso. Es concurrente saber también que mis erogaciones estaban avaladas en todos los casos mediante sólidas cauciones, sobre los bienes muebles e inmuebles de los padres y abuelos de mis alumnos.


Al fin, después de ocho años de duros estudios, egresa de mi Facultad de Presidencia y Ciencias Afines la primera hornada de primeros magistrados: 500 jóvenes sólidamente preparados para las tareas del gobierno que, de inmediato, abandonan el país rumbo a la Atlántida. Dividirían, imaginariamente, la isla sumergida en 500 parcelas de la manera más equitativa y posible; y allí, lejos de influencias distorsionantes, a practicar sin cortapisas las presidencias. Esta confederación o liga de reducidos estados (llámesela como se quiera) que mucho recuerda a la ateniense, se mostraría a las demás naciones como el paradigma del arte de gobernar. Es palpable que el gobierno no es el arte de la conveniencia, sino la conveniencia del arte, es decir, el fruto científico de la inteligencia dirigida por la ética. Yo, alma, motor y genio del proyecto, doy (presto) además, dinero (que luego cobro según lo dicho) para la travesía y les prevengo de las desilusiones; pero los presidentes están dispuestos a todo, incluso el martirio. No tenemos noticias ciertas sobre la suerte corrida por esta primera expedición, pero estoy seguro de que les ha ido magníficamente.
La segunda tanda de diplomados sale a la búsqueda de Tarsis y Ophir, las fabulosas ciudades mencionadas por Salomón en el libro de los Reyes, ciudades que no fueron ubicadas por ninguno de los grandes almirantes de Carlos V, pese a intensas búsquedas. Nuevamente yo brindo abundancia de apoyo monetario (que pronto me es restituido) y espiritual (que algún día me será pagado). La expedición se internó en el mar de las Antillas y, mes por mes, envía pormenores de sus investigaciones. Gobiernan, desde los barcos, 200 millas marinas hacia el este y 200 hacia el sur, hasta tanto aparezcan las ciudades perdidas. El futuro que les inspira es sin duda espléndido.
Las sucesivas promociones de primeros magistrados con patente-en vista de que no había” a la vista” más tierras perdidas, y ante el costo prohibitivo de ir a la Luna- los presidentes diplomados, digo, deciden, previa autorización de mi parte, quedarse en el país, después  que varios jóvenes mandatarios ofrecen sin éxito sus desinteresados servicios en el exterior.
En los años siguientes el ingreso a la facultad debe ser ajustado mediante fuertes restricciones para evitarme la inundación de los aventureros. Hubo, desde luego, intentos de competencia; pero mi prestigio no admitía parangones de ninguna naturaleza. Han fracasado estruendosamente. Todos, entiéndase bien, todos, querían ingresar en mi alta casa de estudios, así debieran esperar una vida; y conste que mis aranceles y programas de estudio son los más caros y difíciles, respectivamente.
Hemos parcelado (se entiende que nominalmente, en el papel) el país íntegro, en manzanas, tal como hizo en los comienzo de nuestra historia don Juan de Garay; y en las manzanas destinamos a los presidentes a gobernar  y a los alumnos de los últimos años para que practiquen, según gusto y placer. Los presidentes gobiernan instalados desde una mesa de café o más naturalmente desde la plaza pública más cercana. Suprimido, como es fácil entender, todo tipo de protocolo y burocracia, el presidente de manzana y los alumnos saben de “visu” las necesidades y deficiencias de sus parcelas.
Las autoridades constituidas, las que en realidad gobiernan de hecho y derecho-según la Constitución Nacional- nos observan de soslayo, a veces creo entender que malhumorados, por causa de nuestra elevada crítica (la crítica siempre es elevada) nosotros no censuramos, criticamos (es importante el distingo). Tal vez porque no comprometemos orden alguno, ni transgredimos  leyes escritas, sólo se molestan cuando la prensa independiente, haciéndose eco de nuestras críticas, nos apoya; pero, en verdad no nos molestan mayormente: nos califican más bien como una suerte de chiflados inofensivos (que Dios los perdone). Además, ¿quién no tiene en la familia estudiantes, inscriptos, o  aspirantes a ingresar en mi casa de estudios?... Los conflictos-admitamos que la palabra es un tanto excesiva- se han originado, de acuerdo con mis vaticinios, en los hogares de aquellos egresados que decidían hacer sus primeras armas (experiencias) en el seno de la propia familia. En estos casos si hubo escándalos, peleas verbales y de pancracio, abundancia de contusos y alguna que otra bala perdida. Según el humor bilioso de los editorialistas debí soportar la condena inconsecuente de la prensa que tantas veces me alabó en mi empresa.
Pese a que todas las parcelas nominales del país están provistas de presidentes diplomadas, ninguno de éstos ha llegado a ser presidente legal, o sea, que ninguno ha surgido todavía de las llamadas elecciones. ¡Ironía de la historia! El presidente constitucional se titula así sin serlo científicamente, sin haber estudiado en ninguna facultad; mientras que los diplomados, aquéllos que tienen concepto universitario de la primera magistratura, deben vegetar en invernadero, viendo languidecer robustas ideas, escritas en el papel. La verdad, fácilmente advertirle, es desde luego muy otra. La República, de ser subdividida en muchísimas manzanas verdaderas, dotadas de personería jurídica, admirablemente bien administradas por mis presidentes científicos, alcanzarían niveles de bienestar insospechables; mientras que la República gobernada por un presidente surgido del voto llamado democrático, según métodos anacrónicos, languidece por la incompetencia sacrosanta.
Sistemáticamente, diría que premeditada componenda, mis presidentes son eliminados no sólo de la primera magistratura, también resultan vetados de los cargos ministeriales y de todo puesto de importancia, aunque fuere relativo, que signifique la introducción del método científico, verdadero arte al fin dentro de la chapucería del desgobierno que se practica. ¡La verdad, sin duda, es temible!
En consecuencia, ante tal estado de cosas, frente a tamaña “discriminacitez” (vocablo que acuño para sintetizar los conceptos de injusticia y estupidez) lanzó el golpe revolucionario contra la timocracia y la zoocracia prostituidas: la Facultad de Presidencia y Ciencias Afines propone formalmente mi candidatura para las próximas elecciones.
Hubo un momento de estupor, ante la sorpresiva jugada política digna de un maestro de Maquiavelo; pero reacciona la prensa (tan versátil siempre) y me apoya en toda la línea (cierto que el apoyo tiene precio, que pagan gustosamente mis entusiasmados alumnos). Viajo por todas las manzanas nominales por mis fundadas. Soy recibido como el mesías de la política, el enviado de los dioses. Los presidentes diplomados comprenden mi sacrificio, pero hay que admitirlo, es la única vía posible y probable para que mis ideas tengan desarrollo y vigencia. Los partidos políticos llamados tradicionales no hacen más que repetir lo que siempre han hecho ante los políticos geniales: vacilar. Sólo se les ocurre atacarme con huevos podridos y energuménicos  discursos de barricada. Los actos públicos en apoyo a mi candidatura presidencial alcanzan contornos apoteótico y, al mismo tiempo, capciosos; porque también buscan refugio bajo mis alas divinas los torvos enemigos del pasado. Pero yo los aceptó con la sonrisa del diplomático incorruptible que, sabido es, admite distintas interpretaciones.
Tranquilizo a mis alumnos-a los más inflexibles- y les hago comprender, prácticamente, la mayor de las lecciones políticas: prudencia dentro de la armonía. El arrepentimiento de los descarriados es noble moneda, nada desechable por cierto. Todo converge y se dirige a mí. Sol  político intentan llamarme; pero como ya hubo  un Rey Sol, rechazo la denominación y me inclino por la de “Ibis Espeférico”, el enviado total, que espera y llega hasta cualquiera de los meridianos, aquél que también abarca y sabe apretar como ecuador perfecto el abdomen de los glotones.
A la larga, desvanecidas las intrigas, recibo apoyo unánime. Las asechanzas y las acechanzas resultan despreciables acuerdos quebrados fácilmente ante mi superior empuje. Pacto, uno, religo desacuerdos; y todos se admiran de mi sapiencia científica. Mis alumnos declaran que jamás se ha dado tal soberana lección magistral de política matemática. Y tienen toda la razón del mundo.


 Ya soy el Presidente legal de la nación. El triunfo ha sido más que abrumador. Mis rivales apenas si han sobrevivido pulverizados, supongo que por largos años. Algún día comprenderán los míos, aquéllos a quienes tanto amo, la verdadera hondura de mi sacrificio.
Por el bien de los otros, por el bien general-ecuménico diría, meta suprema de los gobiernos- las primeras providencias por mí dictadas son las siguientes:
Articulo 1. Clausúrese la agrupación autodenominada Facultad de Presidencia y Ciencias Afines, dentro de las 24 horas; quedan caducados  los apócrifos diplomas allí otorgados,  desde la fecha de la inauguración hasta el día del presente Decreto.
Artículo 2. Quedan abolidas las manzanas nominales adscritas a la agrupación derogada en el Artículo1; quedan  igualmente sin efecto los cargos anexos a la artificiosa parcelación territorial.
Artículo3. Los casos de rebeldía, resistencia, oposición o simple manifestación oral en contrario al  artículo1  y artículo 2 serán reprimidos mediante la pena capital-fusilamiento-.
Articulo4.De forma…


                                                                                   

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